Los templos de noche. México, 1

La carretera hacia las ruinas es un abrazo de verdor. Mi bicicleta no tiene frenos y me oigo decir adentro: vas a morir, vas a morir. Tiemblo, pero no muero, y a los costados aparece el mar y su sonido tenue y es la primera vez que siento que lo necesito como se necesita una madre, de una manera nutricia. También veo a los animales, antes no los veía. Ahora el mono atraviesa el mangle, la tarántula desciende el tronco veloz, el lagarto, mi ser prehistórico, me espera sobre la roca y no se mueve. Él es inmune a nosotros y al tiempo.


Mi bicicleta es azul. Cada kilómetro me borra la conciencia de lo eterno. Me he imaginado tanto aquí, mirando este horizonte, estas rocas. Ya no amo los templos de día, solo de noche. Quiero dormir en ellos invitada por sus habitantes más antiguos. Me visto de verde para que la gente que pasa me confunda con la selva. Encuentro en el suelo una raíz de sol y pienso en los dioses de hoy: lluvia, ceiba, parto, maíz, jaguar.

Kukulkán, dios del viento, siempre entre nosotres.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.