El nacimiento del agua. México, 2

Una mañana, en el desayuno, conocimos a B. A veces pasa así: sé que alguien va a gustarme y todavía no sé por qué será y ese ir descubriéndolo capta completamente mi interés, me vacía de todo lo demás, me vuelve sinuosa, también, como un felino. Antes de terminar el café ya habíamos armado grupo para ir a las cascadas y en el camión que recorría la montaña nos sentamos frente a frente. El camión era una Nissan, una carreta abierta, yo me agarraba cómo podía a las barras metálicas y él jugaba a sentarse sobre el borde: mi miedo mirando su jugar tranquilo. No nos habíamos dicho nada antes, ni cómo te llamas, ni dónde has estado. Una vez recuerdo que nos miramos. Luego me contó que para él ahí había comenzado todo, pero para mí fue más tarde, cuando dijo patria y yo dije agua, y él dijo Atlántico y yo dije escorpio y acerté. Cómo no, si siempre es eso. Cuando llegamos al sitio nadamos con fuerza contra la corriente que bajaba veloz y de un azul profundo. Nos subimos a la roca. De vuelta a la orilla salté entre sus brazos para salvar el barro. Quise ir a explorar y le invité, y de camino él recogía plásticos varados entre las rocas y yo le hablaba de la alimentación de las mariposas. Ahí es donde comienza. Los árboles mulatos y sus cortezas rojas amparando el camino. Una roca sobre la que fluye un agua que parece ser de hielo.

Nos habían dicho que si seguíamos caminando encontraríamos la garganta donde nace el río, una grieta enorme con la cara de dos hombres mayas que se miran el uno al otro talladas por la corriente que no cesa nunca. Un policía nos detuvo. Prohibido el paso. Al final decidió acompañarnos, caminamos montaña arriba (las víboras) y llegamos a una playa sobre la que se cernía la montaña. El azul contra el verdor, junto al verdor, nunca uno sin el otro, puros como si nunca nadie los hubiera mirado.

Más allá, atravesando las rocas, estaba la brecha, un sifón de agua infinita con la fuerza de la tierra latiéndole adentro. B. me daba la mano para subir y para bajar y no hacía falta, pero queríamos. Fue nuestro primer baile. Después hubo otras danzas, como las de los animales que empiezan a conocerse.


A veces pasa así: el cuerpo de un otro me desea y él todavía no lo sabe, ni yo tampoco. Hay un movimiento centrípeto, un eje común entre piel y piel. A esa danza me refiero. Yo quería abrazarle por estar ahí conmigo y lo hice tanto en mi imaginación que temía que se estuviera dando cuenta. No sé describir eso. Lo único que puedo decir es que sentía como algo de mí iba resbalándose a otra parte. Y todo aquello qué fue. No me importa mucho. No es el amor pero siempre es el amor. Y ahora es también recuerdo, esto que queda para poder inventármelo de nuevo.

. . .

Cuando B. se marchó hice una lista con los detalles y momentos que quería conservar de nuestro tiempo juntos. Registré el camino hacia el nacimiento del agua, su mano y nuestro baile espontáneo, el viaje de vuelta a Palenque piel con piel bajo su manta de colores, también sus aprendizajes de medicina tradicional china y sus conclusiones sobre los registros akáshicos, y un apunte sobre sus manos exageradamente grandes y robustas.

Escribí sobre su falta de sutileza y su honesto deseo, sobre lo hermoso que me hablaba de su exmujer mientras tomábamos chocolate caliente en la calle, sobre cuánto me gustaba oírle preguntarle cosas a la gente que nos cruzábamos, sobre la mañana en el mercado eligiendo frutas de colores e ideando cómo comernos más tarde, sobre lo preciosa que me pareció la ciudad en este estado de flote.

Anoté también el beso en el cuello mientras todos miraban y aún no sabíamos que sabíamos, lavar la ropa juntos, el cheesecake de nuez de macadamia y semillas, también salir a cenar como si fuera una cita y despedirnos en la puerta de mi hostal con un «gracias, necesitaba sentirme de este modo».

Y por supuesto el sexo en las literas, el queso italiano, la iglesia en fiestas, la lluvia y el jengibre, su felicitación sincera por mi libro, la escucha suya, la escucha mía, corregir sus giros franceses todavía en su escritura y tocarnos por debajo de la manta con la voz en off del zapatismo de fondo.

Algunas de estas cosas me erotizaban, otras me daban ternura, otras me hacían querer seguir indagando y algunas también quedarme silenciosa, poner un límite, ya no querer saber más.

Nunca pensé: quiero estar con B, quiero que esto continúe. Nunca quise seguirle a alguna parte. Me sentí muy adulta cuando me di cuenta de todo esto, muy primera vez. Me pareció que estaba empezando a sanar algo y que él me había ayudado de algún modo.

Ayer me quedé rememorando esta historia y anoté también algo sobre nuestra última noche juntos: en lugar de compartir cama, nos dijimos adiós en el salón a oscuras y nos fuimos a dormir a solas. Fue muy íntimo ese gesto, esa decisión sin apego. Y así, así de libre de futuro, es como quiero que perdure este recuerdo.

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