Yananti. Cusco

Esta segunda vez no busco la casa del riachuelo, pero presto especial atención al susurro del maíz, al crepitar del río, al abrirse de las nubes. Aprendo a escuchar como si recién hubiera nacido y no fuera humana sino semilla o raíz o temblor. No tengo carne, pero en mí ya habita el universo. La montaña abre sus piernas y por entre los valles corren los fluidos de miles de siglos. ¿Y nosotros, runa, seres prehistóricos, simple gente? Nos creemos tan eternos como toda esta roca, pero en cada palabra estamos agotando el silbido originario. Callemos. Descalcémonos y cerremos un instante los párpados, los puños llenos de maíz, agarrémonos al tallo joven como quien abraza un horizonte y tratemos de escuchar el latido del mundo. ¿Qué oímos? Manos tiznadas de hollín, retumbar lento de magma, cueva de siglos. No oímos nada, salvo el murmullo. Me encierro en una habitación con vista a Yananti, la montaña duplicada, la montaña comprometida consigo misma como se comprometen los desnudos con sus dos sexos en los cuentos de Evelio Rosero Diago. El blanco y el negro, la mujer y el hombre, la noche y el sol: vida de los opuestos, infinito equilibrio. En su interior Yananti tiene una veta de roca madre que la conecta con el centro de la Tierra y en sus paredes las caras talladas de los ancianos que en lugar de emprender el regreso a las estrellas con la muerte se quedaron velando por sus hijos y los hijos de sus hijos y por que el maíz aún nazca y crezca fuerte cada verano. Amen, nos dicen. Amen.

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