Ya nunca escribo.

Esta es (una posible) verdad: soy una inconstante y ahora me refugio en el “no tengo tiempo” para razonar por qué he dejado de escribir. Ahora miro hacia atrás, donde debiera haber una memoria sólida de los días pasados y solo encuentro un borrón indeterminado de actividades repetitivas, unos pocos grandes hitos (Palestina y Colombia, como dos quiebres con el cotidiano), algunos momentos con J recorriendo ciudades de provincia y esta capital llena de ruido, el avance tímido de este proyecto (salvación para los días sin sentido) y algunas clases, algunos encuentros, pero demasiado pocos. Sin duda, al mirar atrás, lo que más veo es esta pantalla donde ahora escribo y que es al mismo tiempo mi aliada más fiel y mi peor enemiga. Contradicciones del siglo XXI, supongo: saber que sigo sola en esta habitación mientras mis palabras llegan al otro lado del mundo. Una maravilla terrible y que algunas veces me hacen replanteármelo todo: ¿estoy viviendo?

 

En los últimos meses el diario se ha llenado de anotaciones que dicen: “no escribo, siento la urgencia y la necesidad, pero no escribo”. Ahora, por fin, he querido frenar y regresar a esta escritura íntima que me genera tanta satisfacción y comprensión acerca de lo que me rodea y he encontrado una mano completamente deshabilitada para escribir: de pronto ya no sé cómo se hace. Entonces me golpean muchas imágenes de cuando “tenía tiempo” para pasear y escribir, pasear y escribir y hablar con gente en la calle sin preocuparme tanto por el futuro. Me viene a la cabeza una Isla del Sol, en la que pasé seis noches bajando cada día al muelle a esperar la llegada del barco, con mi taza de flores y mi cuaderno y ese frío, completamente perdida, haciendo mapas de mi propio cuerpo y tratando de comprender qué o quién soy. También muchos días en Asia colándome en los templos en busca de un lugar silencioso donde escribir sobre lo que significaba crecer y viajar a solas y decepcionarse por todo (ahora siento como si Vietnam lo hubiera vivido otra). De la semana en São Teotónio, despertando mucho antes que los demás y esperando en la escritura matutina a que Gabriela se levantara y prendiera el fuego y desenvolviera con sus manos de madre la hogaza de pan ácido. Sobre todo en Vilcabamba, donde a falta de cuadernos cosía hojas recicladas que encontraba por ahí y escribía desde una paz que no creía poseer. En una gran cantidad de recuerdos aparezco sola y escribiendo y siempre me ha parecido paradójica esa imagen de chica introspectiva con la que no me identifico siempre, pero sí cuando pienso en que tengo que escribir. Me he dado cuenta de que recordar tan bien esos momentos tiene que ver con haber logrado fijar un instante: haber vivido dos veces, primero en la realidad y después en la imaginación los mismos hechos. Haberlos resignificado.

 

De este invierno y esta primavera no habrá relato. He dejado de escribir durante meses y ahora me siento imposibilitada para la poesía. He dejado de leer. No quiero decir que haya una culpa: yo he elegido apostarlo todo a lo real y dejar a un lado la palabra. Pero ahora quiero volver y me resulta difícil recuperar el hábito y volver a priorizar este espacio íntimo donde solo habita el pensamiento, la metáfora, la hilación de días y todos mis personajes.

 

Y me pongo una excusa: “no tengo tiempo”. Y veo que no es cierto. El tiempo lo tengo. Pero ¿estoy dispuesta a usarlo para crecer aquí, en la escritura?

 

Porque dos horas escribiendo en un café sobre la lluvia y los estados de la luz hoy significa seguir posponiendo otras cosas: el libro que no estoy escribiendo, la editorial que no estoy levantando, los trabajos del máster que no estoy investigando, los reportajes que llevan dos años en notas y fotografías esperando a que me ocupe de construirlos.

 

Porque un día de solo leer (extraño tanto la novela negra en el patio con el zumbido de las moscas) equivale a una jornada de trabajo perdida en la que no voy a ganar la plata para irme de viaje otra vez, que es lo que más deseo en el mundo, a Marruecos y a México, en busca de historias, de libertad y de estar muy presente en esas calles y en esas otras realidades que no son solamente yo, yo, yo.

 

Porque darme un instante de respiro parece ir en contra de esta dinámica moderna que nos dice: haz que tu tiempo valga dinero o no habrá valido la pena. Y me siento una capitalista sin corazón por un sueño futuro.

 

Y lo que he entendido:

El tiempo es siempre – siempre – siempre coste de oportunidad.

 

El problema no era pasarme la tarde en el balcón escuchando música y mirando la plaza, sino haber despercidiado horas y horas en estos últimos tiempos colgada de alguna red social que, por lo general, me deja vacía.

 

El problema no era pasar días enteros viviendo en la literatura, sino haber dejado de llevar los bolsillos llenos de libros, las manos, los bolsos, esperando el instante del día en el que sentarme un rato a leer en donde sea. Ahora tengo un móvil que dice tenerlo todo, pero que sobre todo me genera frustración.

 

El problema no es que no escriba, sino que cuando voy al café me permito revisar primero la lista interminable de emails en mi bandeja de entrada (perdonadme que responda con un mes de demora a vuestras cartas preciosas) y de repente pasó una hora o dos horas y tengo que salir y hacer otro millón de cosas más, alienada de mí y de mis ganas de escribir.

 

El problema, de nuevo, no es que ya no camine (que es donde me nacen las ideas y las sensaciones y donde se fija la memoria con la sangre y los músculos activos y alerta y la música altísima, inundándome de notas y de letras) sino que camino respondiendo mensajes, respondiendo audios, buscando direcciones a toda prisa, sin mirar un solo instante alrededor. Y, a veces, cuando levanto la vista de la pantalla, siento que ya no pertenezco a este mundo.

 

He comprendido que antes la compulsiva era mi escritura.

 

Siento que necesito volver a anteponer la pasión a la inercia. A dejar de resbalarle a la realidad, a estar más presente en este minuto y no en el siguiente. Así que he pensado en volver a la escritura como norma: y no es solo por la escritura. Es por ponerle freno a la velocidad. Así que durante una hora en los próximos treinta días seré de mi cuaderno y de nadie más, sin distracciones y excusas. Tengo ganas de ver qué sale: supongo que será esta voz dormida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *