Una buena historia. Beca Gabo

Estudié periodismo porque me habían dicho que eso era lo que debía hacer si lo que quería era escribir. Sin embargo, durante aquellos años, apenas hice periodismo. En las clases nos nos enviaban a cubrir ningún acontecimiento, no nos pedían que entrevistáramos a nadie ni que pensásemos en temas interesantes para los lectores. No había verdadero trabajo periodístico: ni investigación ni escritura ni edición. Cuando terminé la carrera, me sentí muy feliz de haber terminado esa etapa equivocada. En España, en el año 2012, ser periodista recién licenciado significaba trabajar gratis para medios basura, cubriendo eventos institucionales que eran insignificantes, en mi opinión, desde el punto de vista del interés humano. Los periodistas de la era de la crisis fueron esclavizados: se les veía cansados, frustrados y sin esperanza. Tampoco se hablaba mucho de crónica ni de periodismo narrativo, ni en la universidad ni en los medios. Todo era bastante conservador. Internet aún no había hecho explotar las telecomunicaciones. Yo decidí que aquello no me gustaba, que poner las 24 horas de mi día a día al servicio de la información, como si la información fuera un dios, no era para mí. Así que me dediqué a viajar, todavía pensando que contar una historia no tenía nada que ver con aquello que había aprendido en la universidad. Entre medias leí mucho, edité a otros trabajando en Altaïr Magazine y dictando Norte de Papel, conversé con mucha gente que sentía que también a ellos el periodismo les había fallado. Pero no era verdad. No nos habían fallado las historias, sino el sistema.

 

Esta última semana he estado participando en la Beca Gabo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, una idea de Gabriel García Márquez, que consideraba que el oficio de periodista no se debía enseñar en las universidades, sino en las salas de redacción. Para ello ideó un taller de periodismo cultural que ya lleva cinco años funcionando y que, en lugar de dar lecciones, te manda a la calle a reportear. Éramos quince periodistas, cada uno con un tema para investigar, con unas fuentes que entrevistar, con una habitación donde escribir en silencio. Todos los días nos reuníamos con los maestros (Jonathan Levi, Héctor Feliciano, Taiye Selasi, Daniel Samper Pizano y Jorge F. Hernández) para revisar lo que habíamos escrito. Para mí, la edición fue la peor parte: ver cómo se van cayendo una tras otras las frases que has tardado horas en escribir, los testimonios a los que te costó días acceder, las metáforas, las ideas abstractas, los conceptos que, de fondo, construyen tu texto. Un boceto detrás de otro detrás de otro. Escribir es mucho esto: borrar, prescindir, eliminar partes enteras. “El armazón”, me dijeron, “lo que hace que se sostenga, debe ser eliminado”. Supongo que querían decir que un texto debe poder levitar. Debe poder ser ligero.

 

Cada día escribir es un reto más grande. Parecía más sencillo cuando no sabía nada de ello, cuando creía que escribir era solo unir palabras que sonasen bien, cuando nadie me había contado sobre la relación tan íntima que existe entre forma y mensaje, cuando no quería escribir para que fuera leído, sino solo por la propia satisfacción de recrear la imaginación fuera de ella, sobre todo parecía más sencillo cuando no era consciente de que al escribir la historia de un otro que está ahí, viviendo lo que nos narra, tenemos la enorme responsabilidad de cuidarla. Tengo la sensación de que internet nos ha dado todo: facilidad para escribir, mostrar, leer, conectar. Todo esto puede formar parte de una falsa ilusión: la de estar contando una buena historia. Muy a menudo, cuando leo y cuando escribo, me pregunto: ¿Esto puede permanecer? ¿Esto debe trascender? Muchas veces no sé la respuesta.

 

Por eso, sigo pensando todos los días en lo que hace que una historia sea una buena historia. Sé que no es su éxito. Sé que lo que a un lector puede no decirle nada, para otro puede ser una luz. Sé que tampoco es que el tema tratado sea de actualidad ni sea acerca de la muerte o la violación de los derechos humanos ni que sea sobre alguien famoso. Sé que una historia sobre una mujer o un hombre común también puede ser una buena historia. Pero no sé qué contiene esa buena historia. Al contrario que de la universidad, donde parece que salimos con mucho conocimiento imposible de aplicar, de un taller como este solo se puede salir con muchas más dudas: el universo de expande.

 

El tema de la beca este año ha sido la relación entre la ficción y el periodismo. Nuestros maestros nos han dicho que le seamos leales a los hechos y a las palabras de los testigos, pero que tratemos de hacer, con todo ello, arte. Nos han dicho que contar una buena historia no consiste en decir qué pasó a quién ni dónde y cuándo fue sino en plantear, a través de esos datos, una expectativa y que se resuelva con sorpresa. Para mí esto es como ir en busca del detalle en lo cotidiano: la emoción se concentra en solo una palabra o un gesto o un estado de la luz, y es de ahí desde dónde debemos partir.

 

Quizá, me aventuro a decir, una buena historia es la que consigue decir una verdad sobre nosotros, humanos. El fondo, los personajes, las palabras, las ideas, son el universo de esa posible verdad: buscan encontrar un cierto orden entre tanto caos. Y, si alguna vez lo logramos, la realidad se vuelve un poquito más sólida: como si por fin pudiéramos tocar lo intocable.

 

 

Foto de Stephen Ferry

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