Tren a Córdoba

Y solo algunas veces, cuando menos lo estoy esperando, la realidad me arranca abruptamente de mí y me lanza a su escena donde ocurren las maravillas de ser una más entre todas estas otras personas, una forma más del paisaje, una voz más, un movimiento más, una presencia más, innecesaria y al mismo tiempo inextinguible. En el bus aparece una guitarra (hemos pasado la noche a oscuras y detenidos adentro de un tren a las afueras de Alvear por el paro de los banderilleros) y el primero en cantar toca el carnavalito humahuaqueño. También la saya, el bolero. Leo y cebo el mate y sobre todo escucho y me siento arrancada de mí y de esta inaccesible caja en la que vivo y me pregunto instante tras instante quién soy y como ahondar en la paz, pero nunca miro afuera. Existo demasiado. En Buenos Aires, camino San Telmo abocada al silencio y a mi lado Carla también calla y está bien: gotean las otras ciudades que hemos conocido. Los estados de la luz. La temperatura del aire. La ciudad desconchada y vacia. Abandonarlo todo y a todos, decía Inés en el poema. Te quiero, pero necesito perderme. Salgo de la ciudad una vez más y veo ante mí este infinito tesoro que es el mundo y sus gentes. Percibo de él tan poco, mi mirada está tan sesgada, pero a veces una luz me sorprende, me asombra, y enmudezco ante ella. El ermitaño es el ser humano que se encuentra consigo donde nadie más habla, piensa o camina. El fuego destruye y alumbra, terrible y sublime como todo lo que importa.

Voy a dejar de pedir. Voy a dejar de esperar. Voy a dejar de crear en base a lo que creo necesitar, porque lo que necesito es solo desaparecerme, volverme aire, volverme estérea, borrar mi nombre y la visión sólida de mi cuerpo. No quiero morir, quiero estar en todo y en todos sin ser vista. Más como una piel que como un cielo, más así, como agua, como sal, como el musgo hundido en el árbol.

En Alvear, esperamos el colectivo, ya sentados, más de una hora. Voy a preguntar al chófer, y me dice que esperamos a una señora anciana que viaja en silla de ruedas. Dice que se niega a bajar del tren. Está asustada. El chófer dice que les apunta con un cuchillo y que por eso están tardando tanto. Después la veo sentada en el bus. Tiene noventa años, el cuerpo rígido de los ancianos, el tacatá. Sorpresas de la vida. Que se acabe esta pampa infinita, me digo, y de pronto aparece una silueta muy suave tras la neblina. Es la sierra. Estamos llegando.

Me siento en paz cuando llego a una nueva ciudad y me asomo a la ventana y me es aún desconocida y respiro su aire sucio y siento su temperatura propia y no soy nadie nadie aún en ella. Esa es mi paz: vivir marchándome, sabiendo que siempre quedarán ciudades y pueblos donde nadie sabe de mi existencia todavía.

 

Imagen: Humahuaca, Argentina.

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