Solo eso.

Cada una le da a sus obsesiones el lugar que quiere y yo a las mías siempre les he ofrecido todo: mi alma, mi cuerpo, mi voz, mi espíritu, mi casa, mis sueños. Mis obsesiones son las que me arrastran a lo más recóndito de la experiencia de ser humana en el mundo, que es al fin y al cabo mi obsesión principal. Cada una le da a sus obsesiones un lugar de honor porque al final de la vida, me imagino, no tendremos nada, salvo la sabiduría que nos deja explorarlas intensamente. A mí me interesa esto: quién soy adentro de este quiénes somos gigante que sostienen la realidad con su mirada. Nada más.

La astrología para qué la meditación los mantras el reiki para qué la escritura las bandas sonoras de 432Hz para qué los tránsitos y los abandonos la quiromancia para qué el psicoanálisis para qué la neurociencia la física cuántica la literatura para qué los festivales el campo el bosque el mar para qué la montaña —la montaña sí, la montaña siempre, me digo— para qué los chamanes los psicólogos para qué los espejos para qué los ojos que se abren y se miran con tanto ahínco que acaban borrando lo que hay detrás de la forma.

Estas noches he pedido a los mundos oníricos que me revelen algo, una intención, un camino —mi adicción última es la duda— y he visto de nuevo a personas que no conozco aún —no sé si existen—, universos, playas, fieras. Otra vez ha vuelto el agua negra, sueño recurrente. Otra vez vuelven los niños muertos, el barro, y de fondo, alguien que filma. En los sueños ya está todo, dicen los ancestres, porque el tiempo no existe y nosotros solo somos eso: sueños.

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