Empecé a escribir con la necesidad de contar lo que sentí cuando me convertí en inmigrante. Quería crear formas con mi cotidianidad, darle una cara, un cuerpo, un estilo, una personalidad.

 

Cada vez que me siento a crear, pienso en transformar un par de letras en una historia vivencial. Quiero escribir para que el lector me escuche sin conocerme. Quiero llorar y que el hombro de la persona que me lea esté mojado, quiero que se escuche mi risa aunque ni siquiera me conozca, y tomarme un café para que, quien lea, me diga si estaba dulce, amargo, frío o si se quedó esperando la taza.

 

No sé si soy escritora. No leí libros como un escritor promedio lo haría. Me costó entender las clases de morfosintaxis cuando estudiaba, reprobé muchos exámenes con las materias que tenían que ver con escritura periodística y ahora que lo pienso, ni siquiera me interesaba.

 

A pesar de todo, recuerdo que cuando tenía 12 años esperé con ansias la carta de Hogwarts para internarme en el mundo de la magia, también me conmoví con el amor desenfrenado de Florentino Ariza y festejé su unión tardía con Fermina. Corrí con junto a las Lobas de Clarissa Pinkola, mi piel se escamó junto a los nativos australianos de Voces del Desierto y me paseé por las rebeliones y los dolores de Lemebel.

 

Mis pies sintieron el pasto del jardín de Mr. Chance, y también asentí con desilusión que muchas veces tomé soma para “pertenecer”.

 

¿De qué hablo cuando hablo de escribir?, pregunta Murakami.

 

Escribir es como llegar a una fiesta. Al principio se presentan todos tímidos, buscando motivos para moverse, recolectando excusas e inspiración para atreverse. Al rato, los pies se mueven solos y tomando un poco de coraje, invitas al otro a que se mueva contigo.

 

Yo invito al lector a bailar, y le pido que giremos con las palabras y que juntos aprendamos a mover la cadera para sacudir la vida. Si se pierde, tiene la opción de soltar las manos para irse, o levantarlas, dar una vuelta y seguirme el paso.

 

Yo quiero que movamos los hombros con las teclas, que se nos mueva la cadera con la vida y que los corazones que tengan el nombre de nuestro amor, floten, crezcan y se reproduzcan. No quiero que mueran, mas bien que se transformen.

 

Quizás no llego al promedio de lo que puede ser un escritor. Hay gente que lee mucho, que practica cada día, que le importan las reglas, que se dedican a estudiarlas y se sientan a ver la vida a través de monóculos y humos de pipa.

 

***

 

El primer libro que leí fue el diario de mi madre. Un cuaderno de tapa dura con un candado que mantenía asegurados todos los secretos que ella guardaba para mi padre.

Leí muchas veces ese diario, me encantaba pensar acerca del proceso de su relación, buscar el romanticismo y fantasear con que mi madre una vez había tenido mi edad y que no estaba tan mal dibujar corazones que rodeaban el nombre de un ser amado.

 

Mi padre es músico de orquesta sinfónica, no sé si algún día escribió, pero muchas mañanas me levanté de la cama con una sinfonía de Tchaikovsky, Stravinsky o Debussy (por decir algo muy básico) a todo volumen, mientras él ensayaba con su trombón, leyendo símbolos que para mí no tenían sentido, pero a él le permitían crear y hacer sonidos.

 

Yo, lo único que sé sobre música, es tener ritmo al bailar… Y al escribir.

 

Una vez, un hombre me dijo que si yo había crecido en ese entorno, era imposible que no tuviera una manifestación creativa. Para ese entonces escribía de una forma muy vaga, y se lo dije.

 

Quizás cuando escribes, tienes un ritmo particular, me dijo.

 

***

 

Yo soy en la medida que el otro siente. Escribo, porque me da miedo, no porque me acostumbré. Este es el mismo miedo que da cuando invitas a alguien a bailar. No importa cuantas veces lo hagas, al principio las manos siempre están frías.

 

Escribo para que sientas lo que me pasa, para que veas lo que vi, para que escuches el tiqui tiqui del teclado mientras escribo esto, y te imagines mi cara al tomar un sorbo de café con leche que me hice hace un rato y descubrir que ahora está frío.

 

Dicen que las palabras tienen poder, mi abuela le llama a ese fenómeno “la magia del verbo”.

 

La magia está en compartir con el otro una parte de ti, confiarle lo que piensas, decirle cómo ves el mundo a través de tus pasos.

 

¿Bailamos?

Ella es Sinay (Caracas, 1991), como el monte, publicista de las buenas acciones, redactora digital en constante cambio e ilustradora de Negritas. Escribe en El Monte comparte sus ilustraciones aquí.