El silencio. LFTS#1

Mi primer anhelo es el silencio y cuando lo busco siempre veo el color amarillo de los campos del valle tras la siega. Antes de que pudiera darle nombre a esa ausencia de voces —aunque perviven los sonidos de la naturaleza, incluso con fuerza—, ya existía el verano. En esa eternidad entre el último día de colegio y la brisa suave de septiembre, mis juegos infantiles consistían en encontrar animales: una vez un erizo grande y terroso al que di hogar en una cesta amarilla para pinzas de la ropa; cuando llovía, cientos de mariquitas que mi abuela y yo encerrábamos en botes de cristal y poníamos sobre la mesa de la cocina y observábamos mientras duraban los días grises; siempre los gatos recién nacidos, que se escapaban de mis manos pequeñas entre los tablones de madera y que, creo que recuerdo, nunca en todos esos años logré atrapar. Todas estas imágenes ocurren en mi memoria sin sonido, como si fuera una filmación: mi abuela con sus vestidos de flores y su delantal claro caminando por el gallinero recogiendo los huevos naranjas sobre la paja y yo, detrás de ella, escondida tras el enorme parapeto de su cuerpo, mirándome a los ojos con todas esas gallinas muertas de susto, ellas y yo, clavándonos la mirada unas a otras, nerviosas, en un peligro quedo y pausado. El valle es silencio. Crujido. Solo en la hora de la siesta sonaba la música de Verano azul desde la casa. Yo dejaba mi bicicleta de hojalata abandonada en el camino y corría a acomodarme en el sofá de primavera junto a ellos. No sé si alguna vez en todos esos años llegué a decir palabra. Ahora me parece que no, que aprendí a hablar mucho después, cuando las ciudades se alzaron en el horizonte.

Tengo que volver a la imagen de las mariquitas sobre el pasto verde, a los enormes botes de cristal repletos de cuerpos viscosos hacinados, moviéndose en una danza de supervivencia maravillosa y terrible al mismo tiempo. Puedo verme desde afuera —una Marina minúscula con el pelo cortado a tazón, que apenas llega a asomar sus ojos sobre la mesada de la cocina, con flequillo negro y mallas cortas de lycra y piel morena, con girasoles en el pelo (esto, lo sé, es una invención)— como si esa niña fuera mi hermana pequeña, una pariente muy cercana pero que no reconozco como yo misma. No puedo asemejar mi cuerpo de hoy con su cuerpo de entonces, no encuentro el vínculo que une mis dientes, mis brazos, mis ojos inmóviles con los suyos de entonces, tan vivos y tan oscuros. Con los años los colores, todos, se lavan. Hoy el mundo no me parece tan brillante como aparece ese pasto, esos receptáculos de cuerpos naranjas, en mi memoria. Los primeros colores del mundo son siempre auténticos. Quizá sea ese asombro el que ha borrado de mi memoria los sonidos. No hay risas, ni voces, solo un sonido sordo y constante como de grillos, como de viento, como de hojas crujiendo en su sequedad más absoluta, pleno agosto, mediodía, como de paja al ser pisada con los pies infantiles de una niña de ocho años.

 

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