No recuerdo exactamente cuando comencé a escribir. Tampoco cuál fue el primer libro que leí. Si que recuerdo, en cambio, desear que llegara el final del colegio y tener vacaciones para poder jugar con mis primos, bañarme en la playa y leer libros de aventuras a la hora de la siesta. Devoraba a Salgari, a Julio Verne, Karl May o Enid Blyton en las tardes de verano. Lo de escribir surgió después. El placer de juntar letras que tuvieran un significado propio, que pudieran contar una historia y dar voz a lo que yo quisiera me maravillaba.

 

Tal vez por eso siempre me ha resultado más fácil expresarme frente a un cuaderno en blanco que cara a cara con una persona.

 

De esos primeros diarios y cuadernos poco a poco fueron saliendo esbozos, ideas, papeles arrugados y notas escritas en servilletas de bar. A escribir se aprender escribiendo y leyendo, y yo quería ser muchas personas a la vez. Viajar por el mundo y contar historias. Me sumergí en la decadencia con Bukowsky y subí a las cumbres beat con Kerouac. Descubrí las entrañas de una familia en el Chile de Pinochet con Isabel Allende. Viajé a lo profundo del continente africano de la mano de Javier Reverte o recorrí Castilla con Delibes.

 

Como todo, tuve etapas en que escribí mucho o casi nada. A veces pasaban meses sin que me atreviera a coger un cuaderno y un boli. Otras, en cambio, sentía que lo necesitaba. Escribía para mí, a veces me animaba y garabateaba un cuento en un cuaderno de espiral. Con los años, me di cuenta de que la constancia es la mejor metodología.

 

Me gusta contar historias. Quedarme quieta en un rincón y sentir la vida pasar. Animales personas coches carritos de bebé una abeja que zumba gritos de niños jugando el ladrido de un perro el olor del jazminero del jardín. Redescubrí la narrativa de la mano de grandes periodistas y contadores de historias. Kapuscinski, García Márquez, Gioconda Belli, Elena Poniatowska, Manu Leguineche, Enrique Meneses, Martín Caparrós, Xavier Aldekoa, Leila Guerriero, Diego Fonseca y muchos otros más.

 

Escribir y viajar están íntimamente relacionados. En ambos casos consiste en salir de la zona de confort y en permanecer con los ojos bien abiertos, estar atentos a lo que pasa alrededor. Escuchar a la gente, charlar con desconocidos, ser curiosa y preguntar, hacerse preguntas siempre. Cuando escribes te vacías en las palabras, en su significado. Al viajar te llenas de nuevos nombres y acentos. Las palabras son la herramienta, la llave que abre las puertas junto con una sonrisa. Al escribir tienes la oportunidad de darles voz y vida. Ya lo decía Saramago: “El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros se acaban. Pero también estos pueden subsistir en la memoria, en el recuerdo, en la narrativa. El fin de un viaje es sólo el comienzo de otro.”

 

Escribir me hace libre, porque puedo elegir qué contar y cómo hacerlo. Jugar con las palabras y darle voz a quien no la tiene. Puedo desarrollarme y crecer en un folio en blanco, pero también hacerme muy pequeña y perderme en una hoja de periódico impresa. Escribir es un acto de rebeldía, un manifiesto romántico en la era de la inmediatez, donde vivimos aturdidos por miles de estímulos diarios. Escribir es estar viva, ser una y muchas personas a la vez.

 

Escribir es el mejor antídoto para la locura.

 

Ella es Rocío Periago (Lorca, 1986), un espíritu con tendencias nómadas e inquietudes sociales. Escribe sobre viajes en Soplalebeche.