¿Quién?

¿Quién mira hacia el otro lado? En la dirección opuesta a mis ojos, quiero decir. El agua que hierve detrás, el tomate que se cuece en otra habitación, el vecino que habla al otro lado de la puerta y los cristales que se abren para que entre la luz del sol, pero nunca directamente, sino en una suerte de maniobra oblicua que le da a la madera aspecto de bosque. Salgo a la calle vestida de ti solo media hora al día para encontrame con los comercios cerrados y la hora diurna del sueño. Desde la ventana de rejas, un camino que se interrumpe en la montaña: el mar de luces que es Quito abajo, pero no me había fijado, me digo, no lo había visto, qué locura que de verdad no haya podido verlo si siempre ha estado ahí. Como todas esas otras cosas.

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