Partir de nuevo

Hay una nueva vida, como si la viera ante mí igual que a una gran montaña que no deseo conquistar, sino mirarla y adorarla como solo adoramos los fuegos. Los lastres que he cargado se están haciendo livianos: otra vez parto de viaje y lo que busco es vaciarme. A mi costado van quedando los rastros de los aprendizajes y las palabras demasiado usadas. Por ejemplo: viajar. Me he cansado de este tótem que tanto nos ha unido. Reconfiguro lo que significa marcharse del hogar confortable hacia lo desconocido y de nuevo descubro —pero esta vez es tan distinta de la anterior— que no hay épica. Todos los diarios comenzarán igual: en la partida no hay valentía alguna. Ahora cargo conmigo miedos que se me han ido adhiriendo en la velocidad de estos últimos dos años. Siento tan diferente este irme: ya no huyo, y ya no es iniciático, ya no se celebra ningún ritual de paso, pero todavía ansío perderme. Pienso en la trashumancia, en la salida de la casa y en los regresos pródigos, y veo que todo es una espiral y que las palabras son solo lenguaje, ficticias, incapaces de abarcar todo un significado. Me voy y esta vez el objetivo no es ir en busca de algo que aún no sé qué es, sino de llevar a cabo los propósitos. Todavía no sé bien qué significa esto y eso es lo que más me excita. Hay cosas que no cambian, como sentirme siempre tentada por la incertidumbre y solo saber vivir en ella.

Han pasado dos años desde que escribí por última vez en mi diario de viaje. Para otros, digo, para el aire, para la blancura de una pantalla en algún otro lado. En mi escritura íntima hay muchos estratos y no todos deben ver la luz. Extraño mucho aquel cuaderno en el que durante seis años consagré cada idea creyendo que era para que otros pudieran leerlo. No era así. Era una afrenta contra la desmemoria que poco a poco va dejándome sin recuerdos. Era una reconstrucción, sobre eso he pensado mucho estos dos últimos años: ¿registramos la realidad o tomamos su materia para crear algo nuevo? Ya nunca más diré que lo que escribo es testimonio. Siempre lo estoy inventando.

Ahora busco la liviandad, el desposeimiento, cargar con poco y expandir la voz, independizarme de lo preconcebido, los juicios, la autoimagen, independizarme de las máscaras y de mi nombre, volarme las creencias y reducirme a un solo ritmo: la simplicidad. ¿Qué pasó en estos dos años? Creo que fue la vida, pero se ha evaporado.

Poco a poco volverá la intimidad con la palabra. Como con los cuerpos, la piel se reconoce a veces muy levemente, como una conquista silenciosa y sólida. Mientras tanto escribo en los cuadernos, que es donde el espacio luminoso de la escritura sencillamente se abre.

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