Paisaje interior.

 

He vuelto al valle, después de un viaje al que siento que partí para poder volver a casa. Ya no soy ella. Solo el último día en Buenos Aires sentí que me reencontraba con alguien a quien amaba y que llevaba mucho tiempo sin ver, que pertenecía a esa tierra y a ese cielo después de tanto tiempo sola. Salí de un estado de carencia (llámalo sencillez, si quieres; como el Tao, toda realidad tiene su doble rostro), me compré libros, un diario, salí a caminar con la música en los oídos y recobré algo que hacía mucho tiempo que no estaba. No sé cómo nombrarlo. Quizá un anhelo de solamente acariciar los paisajes como antes, de que no me clavaran una por una sus aristas hasta hacerme herida, de mirar con inocencia las cosas y no preguntarme por qué. Durante todos estos meses me he sentido muy ajena del mundo. Algunas veces no puedo tocar la realidad, la siento lejana, como si hubiera una membrana entre la observadora y la materia. Entonces el anhelo es otro: correr a esconderme entre las selvas, teñirme de verde bosque, hablar con el jaguar, dios de la tierra, y desaparecer.

Partí del hogar con la expectativa de la aventura. Quería volver a morirme de ganas de besos mundo ideas gente caminos libertad, pero a nada de esto he prestado atención. El viaje esta vez me llevó hacia un paisaje interior donde poder escucharme. Y yo no quería. Me llevó a las casas de las mujeres que han sido mis maestras y sí, para reír, para compartir, para estar, para aprender, pero sobre todo para enfrentarme una y otra vez a la idea de que hay algo que me supera y que se hace con mi cuerpo y que tal vez esa ansiedad sea la mayor maestra de todas. El mayor hito de estos últimos meses, a menudo lo pienso, ha sido ralentizar el tiempo. Tantos años sin una tregua, sin permitirme un solo segundo de nada: no hacer no pensar no decir no sumirme en el silencio más claro y habitarlo. En mi paisaje interior he pasado la angustia, la incomodidad y el temblor. He pasado un invierno crudo, y no es solamente el frío o la lluvia: el invierno, el temblor, son rituales de paso. De ellos salgo siempre fortalecida aunque duelan.

Ahora el paisaje interior se abre. Me fui de Madrid para conectar, crear, escribir, y lo he hecho, lo que significa que he bailado menos, no he perdido tanto la cabeza, he sido responsable, he sabido siempre mi posición en los mapas de los hombres, no he tomado medicina pero he vuelto a oír la voz que habla adentro mío y me cuida, he extrañado perderme, el no tener futuro ni lastres ni internet. He extrañado mucho volar, alma de pájaro. Pero también significa que en algún lugar puse una piedra y otra y ya no me siento como caminando sobre una línea de sal.

Ahora miro atrás y veo una selva azul que se cierne tras de mí. Ya me ha engullido. Tal vez es una nueva aventura que comienza. La aventura también puede ser mi ventana al valle, la luz opaca del otoño, la biblioteca abandonada, el país renacido pero extraño. Puede ser todo eso.

Debo recordarme siempre que el mundo no es hostil, ni claro, ni bello.

Yo soy quien mira, quien habla, quien camina ese mundo:

yo soy la hostil, la clara, la bella.

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