No voy. Puerto Iguazú.

El deseo me desconcentra, pero lo amo. El deseo feroz, el deseo sediento. Llevo mis manos hacia el pecho, como intentando congregar el haz de partículas de dios entre ellas. Las palabras: elaboración, paciencia, pero sobre todo, foco: concentrarme en una sola cosa, saber para qué me estoy quedando aquí, saber cuál es el deseo genuino que me ha empujado durante todo este viaje hacia el eremismo. Ch llora en la cocina porque D vuelve a parecer un compañero de juegos y no su pareja. Él le dice que se peine de forma más femenina. Ella llora, recoge los platos, y se va. Su espalda ancha, sus manos grandes, su cúrcuma en el útero. La miro llorar y no puedo decirle nada salvo que algunas veces somos lo que somos y que aceptarlo nos hace bien y, a partir de ahí, tomar decisiones. Voy para Bolivia. No sé qué voy buscando, pero algo, algo.

Hoy en el parque natural siento el embate de la naturaleza en mi cuerpo. Necesito una intimidad mayor con ella. Ayer muero de ganas de besar y de perder el control, de ser solo cuerpo, pero hoy vuelvo. Cuánto deseo derrochado. Cuánto. Miro a una chica que va delante de mí por los caminos verdes y la deseo. Deseo a todos, me deseo a mí, deseo sobre todo el calor y mi piel ignífuga haciéndole frente sin quemarse. Recto corazón, recto espíritu. Una japonesa llora al borde de la catarata. No me mira nunca a los ojos. Solo existe su agua.

Nunca publicaré estos diarios, no tienen más interés. Solo cuando se reescriben, se elaboran, lo tienen. Un diario sirve para: hablar conmigo misma, registrar los acontecimientos y experiencias, escribir. Pero muchas veces las dos primeras no son escritura, son desfogue, vaciarme. Y no he hablado del salto al que fuimos ayer, de la caminata sobre la tierra roja, de la selva que atravesamos, de los militares que nos trajeron un tere y nos hablaron de los animales salvajes, del ciempiés que pasó por encima de mi pie como revancha, de las mariposas de todos los colores que nos acompañaron camino arriba camino abajo, del poder del agua cayendo por el costado de las rocas y de la pasarela que nos llevaba hasta ella, de aquella piscina de agua fría para bañarse, de las pisadas de los pumas en el barro fresco, de los nidos de arañas en los árboles, de las carpas saltando en el agua —dijo Ch: como estrellas fugaces, siempre se las ve cuando no se las mira—, del puente, de la cantera de roca roja, todo eso. De ninguno de los árboles, de los sonidos selva adentro, del río Paraná, de Paraguay enfrente, de los pomelos y las naranjas agrias, tierra y tiempo de cítricos en las chacras. Mirar adentro me hace mal, pero el mundo afuera es maravilloso. No siempre es así. El equilibrio importa.

Acaricio a Luna hasta que se queda dormida. Tan minúscula. Amor maternal. Paso el día editando los diarios de las chicas, a veces tomo sol, fumo un cigarro, como arroz y huevo y plátano frito, tomo agua para que no me duela la cabeza, estoy desnuda, pienso en la desnudez, en que está bien estar desnuda y no estar siempre ocultándome. Eso es la libertad. La libertad está en el reverso de todo. Ya cae la tarde, se ha ido el sol. Quiero ser abrazada por todo este verde. Voy a quedarme, ken ken, la montaña, la permanencia, la quietud, la espera.

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