Los niños salvajes. Vilcabamba

Todavía hay casas donde se cocina el pan. Donde las naranjas ruedan por el suelo y yo las levanto. Casas con nombre propio. Casas donde el insomnio es bienvenido. Casas por donde pasan los ríos. «Tú y yo no seremos los mismos mañana», me dice Lucas sentado sobre el tejado. A nuestro lado, se seca el mapacho. Se está acercando la tormenta. Ahora tengo una habitación aquí. La comparto con una pareja que se ama en la noche. En un par de días se irán. Él tiene una lágrima tatuada en la mejilla y canta waynos del Perú con su guitarra. Entonces moveré el escritorio frente a la ventana, tenderé todas las mantas sobre el suelo. Haré este espacio mío. Niños salvajes, nos dicen, porque tomamos el café antes de las comidas. Pienso en Neauphle, en la casa en la que Marguerite escribió dos veces el mismo libro. Los alemanes habían escondido latas de comida vacía bajo la tierra del patio. Ella sabía de los rastros de la guerra. Aquí la hoja del plátano recoge el agua de la lluvia y proyecta sombras y luces sobre el suelo. Quiero quedarme parada. Quiero decirle a algún espacio hogar. Tomo el jugo de la mandarina adentro de su propio fruto. Cuezo la cáscara de la piña y el agua se vuelve dulce. El hogar es un estado mental como cualquier otro.

La foto me la tomó Inés Vecchietti en la casita del pasaje, un refugio hermoso en Buenos Aires, hogar de Giuliana Santoli.

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