Su mirada. El cine de Guerín.

Un cine azul en el centro de la capital. En realidad es rosado, con volutas blancas.

Una película filmada entre bastidores: la contraescena de unos cuántos festivales de cine. Pero eso no se muestra. Se sabe porque se cuenta pero no se ve. No es una película.

Una mirada: la de José Luis Guerín.

Otra mirada: la mía. Mi mirada sobre su mirada.

Una pregunta que subyace y que hacia el final se hace presente: ¿hay diferencia entre ficción y documental?

Una directora de cine que apela al público: no hay diferencia, señores. No se puede separar la realidad de la ficción porque ambas, en la medida que sea, están siempre presentes. No vamos a distinguir: los premios de ficción serán para documental, y viceversa. Es la Bienal de Venecia.

Lo que quiere decir la directora de cine: como mirantes, como observadores de realidad, nuestros propios filtros intervienen en la construcción del mundo que ofrecemos a los demás bajo el concepto de arte (o de historia). Lo que mira Guerín no es lo que miro yo: él mira a los predicadores que dicen del infierno, el mal, el pecado, y sus manos extendidas hacia el cielo. Alrededor ocurre todo lo demás pero él no lo mira: lo ve, pero elige no mirarlo (no salvar ese instante de su desaparición). Salva al predicador en Hong Kong, en Colombia, en Brasil, en Perú. Salva lo que encuentra idéntico sin serlo.

Lo que miro yo en su película: la curva de las caderas de la cubana bailando salsa en la cocina. No miro al hombre: solo a ella. La salvo.

Guerín ve la religión del miedo y las plazas. Su mirada a veces se convierte en voz: ¿qué piensas de los españoles que colonizaron tu país? Después cambia el ángulo de la cámara. Enfoca lo que no dice. Enfoca al que escucha y no al que habla.

Y lo que miramos los dos: la masa del pan creciendo. El rostro (la expresión) de la tortuga. Lo que él filma: los labios gruesos del hombre de la llaga. Dicen: “poetisto”. Entonces él salva esa palabra que no existe de hacerse vacío.

Y todo lo demás (lo que no miramos) solamente se desvanece sin que nadie se ocupe de transgredir la memoria del tiempo salvándolo. Como si aquello nunca hubiera sido.

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