Memoria. Puerto Iguazú

En cierto momento después de un viaje la experiencia cristaliza en la memoria y comienza a llegar por oleadas en los sueños. Veo la imagen muy clara: una mujer sube a la barandilla sobre la Garganta del Diablo en Iguazú y, sin pensarlo ni un instante, se lanza. Son pocos segundos los que su cuerpo tarda en ya no ser o en ser de nuevo parte del todo natural. Yo no estaba allí. Me lo contó un guardaparques cuando le pregunté por los suicidios. Me dijo que mucha gente elegía morir en el estruendo de las aguas.

Pasé un mes en Puerto Iguazú. El clima era tan cambiante que un día me ponía el bikini y otro día el abrigo. Por las mañanas iba a la cocina, con Charlotte hacíamos el café, las tostadas, acariciábamos a Luna, nos contábamos siempre las mismas cosas. A veces compartíamos un mate sentadas al borde de la piscina. A las dos nos gustaba el silencio y lo respetábamos. Yo estaba editando un libro, así que elegía la barra del buffet en desuso como escritorio y dejaba que las rayitas de sol me quemaran los hombros. Otros días iba a mercado brasilero o al hito de la triple frontera y buscaba el camino a la cascada oculta y recorría la última tierra argentina entre las rocas amarillas. Un hombre con la cara tatuada pescaba con un hilo breve en la orilla. Recuerdo que me dio miedo. Hay tierras, como aquella, que son extrañas, y no sé por qué lo son. Supongo que es por esa penumbra siempre presente: sabemos de las barcazas conduciendo la madera expoliada al país vecino, sabemos del contrabando, pero nunca lo vemos. Son sombras en la noche bajo el puente oxidado. La selva es siempre la mejor aliada del secreto.

Un día llegó un grupo de chicos. Después, un par de chicas de Buenos Aires. Con ellos comíamos cada día el asado y nos hamacábamos y nos reíamos y me hizo bien flotar en aquello. Con ellas montamos en bicicleta hasta el poblado indígena y hasta el asfalto de los ricos. Vimos mariposas y la lluvia con la cara cubierta de una mascarilla hecha con petróleo. También pasó por allí una colombiana que lo primero que me preguntó fue: “¿Y los amores de viaje?” Venía dispuesta a perder un avión en Lima, pero al final cruzó Paraguay y Bolivia y volvió a casa. Y el padre que venía con su hija y su hermano. Y Daisy. Y Mari. Y Manu y sus teres con jugo de naranja de madrugada y todo el funky que nos trajo. Y el chico con los dientes separados al que saqué una espina del dedo. Ese roce. Y todo lo demás. La familia chilena. Ahora, a medida que escribo esto, la casa de Puerto Iguazú que vive en mi memoria se vuelve a llenar de personajes y de vida. Vuelvo a escuchar Clandestino y a MC Kevinho. Vuelvo a ver al venezolano con el que bailaba salsa en la calle. Vuelvo a la frontera a comprar chocolates y tabacos. Vuelvo a. Vuelvo a.

Me gusta dejarme llevar por los recuerdos y saber que mucho de lo que ahora veo y escribo no son más que ficciones. Por ejemplo: que salí a la calle y grité el nombre de alguien antes de que se fuera. O que tuve la sensación de ser yo también de allí, de la tierra roja óxido. Hace unos días encontré los zapatos que llevaba por entonces y las suelas siguen teniendo ese color rosado que nunca se quita. No sé. No sé si todo esto va hacia alguna parte.

A la mujer que se tiró sí la vi. Me la enseñó Manu en un video de youtube. Me contó que tenía un cáncer y que quería morir. Leyendas que no son leyendas. Ella salta sobre la barandilla y se borra del mundo pero yo aún escribo sobre ella y sobre otres desconocides que me he cruzado en forma de historia o de cuerpo en la vida. Voy a dejar aquí está historia. No sé si merece la pena ir más allá. Hablar del invierno de interior. De todo lo otro. Creo que no.

Este es el día 15 de mi desafío analógico.

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