Matria. Buenos Aires

 

16 de marzo de 2018

Pasamos el día en la casa de las poetas. Reencontrarnos allí me hizo recordar tantos momentos de la primera vez: la mesa en el patio donde comíamos, hablábamos y creábamos. Allí comenzó todo lo que ahora se concreta. Literatura, mujeres, voces emanando de un lugar distinto y libre, hermanadas no solo en el escribir —matria compartida— sino también en la forma en la que elegimos vivir, sentir y relacionarnos con nosotras mismas y el mundo. Estamos Gabriela, Sol, Carla. Luego llega Yami. Volvemos a vernos después de tres años. La casa cambia con sus habitantes —verduras frescas y colores en el patio, las plantas creciendo, la misma franja de sol sobre el suelo de granito rojo—. En el living, Sol nos muestra el estante con nuestros libros autoeditados y chiquitos. Son tan bellos. Habló con Natalia de esto que estamos creando y ella le dijo que era importante, que seamos conscientes de que lo es, que no lo dejemos pasar.

Leo a LF y pienso en su mundo y en nuestro mundo, en la competitividad y la envidia que yo nunca siento, en el amor y la sanación que me producen estas mujeres bellas. Nos dice Ga: «Nosotras escribimos para duplicar la belleza que ya hay en el mundo». Los estereotipos de las escritoras que queremos trascender son los de la enfermedad, la locura, el suicidio. Me gusta que escribamos desde la alegría, desde la confianza y la amistad todo este mundo nuevo. Lo sentimos todo tanto. Le digo a las chicas: «La vida es esto. Llevo tanto tiempo esperándola y por fin comienza.»

Trato de aferrarme a estas imágenes con fuerza. Nosotras sentadas alrededor de la mesa, Carla y yo fumando sin parar, todas tomando café y mate y cocinando las verduras para el almuerzo. Una traslación contemporánea de los temas materno-ancestrales: nosotras, mujeres, junto al fuego, reconociendo aquello que nos une. La nutrición. La culpa. Nuestra posición prohibida en la escritura. El hogar. Nos siento valientes, alineadas con nuestros deseos y propósitos. Siento el amor que ellas sienten y entiendo que el vocabulario de la amistad está aún por expresarse. Decimos «amor», porque eso es, pero se eleva. Hacemos genealogía de nuestras propias voces: quiénes son nuestras madres comunes. Encontramos linajes compartidos. Conversamos con las que voces que se fueron dejando algo y aún las oigo, en las mujeres que hoy están aquí reunidas conmigo.

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