Siempre soy yo la que se marcha, la que llega a una nueva ciudad y le pide a sus amigas que se la muestren desde adentro. Les pido: llevadme a vuestros cafés favoritos, llevadme a los bancos donde pasabais la adolescencia, llevadme por el camino que va de la casa hasta la tienda, hasta el parque, hasta el doctor. Les digo que amo hacer de sus vidas el paisaje de mi mundo durante un tiempo limitado. También les digo que no me lleven a ver monumentos, sino bibliotecas; que no me lleven a las plazas históricas, pero que me lleven al río o a las costas donde mirar el horizonte. Les pido, también, que me lleven a vivir la noche, la mañana, la tarde, el mediodía y sobre todo los domingos. En la geografía humana de nuestros lugares cada día y cada hora tienen sus propias rutinas, y seguirlas como invitada me vuelve loca.

 

 

Esta semana, en lugar de ser yo la que se marcha a entrar de lleno en las vidas de los otros (mi parte favorita del viaje), me he puesto del otro lado: la que abre las puertas del hogar, la que conoce el barrio, la que guía, la que muestra. Ha sido incluso novedoso jugar el papel de cicerone en mi casa. Sol llegaba a Madrid con ganas de explorar poéticamente la ciudad, así que nos dejamos llevar por las calles de Malasaña y Lavapiés de librería en librería, acariciando los libros como si fueran tesoros. Encontramos uno que se llamaba: Bluebird. Y otro, que hablaba de la desnudez del hombre. Y otro que decía sobre la soledad del que escribe. Y otro con portada de raíces y tierra. Y otro como una melodía, bajo el tocadiscos, en un refugio azul. Y otro con portada geométrica y voz de mujer. Y otro que decía: “migrar”. Y otro que recordaba a Clarice Lispector en la primera página. Y otro manchado de nieve. Y otro en el que cabían las voces traslúcidas de las mujeres poetas de España. Y otros, muchos otros, llenos de poemas, ciudades y cuerpos. Nosotras (todas nosotras, que nos fuimos encontrando de a poco para recibir el encuentro) abríamos volúmenes y decíamos frases en voz alta y rastreábamos las señales que se dejan los escritores, sin querer, entre sus libros. Descubrimos que hay un lenguaje encriptado que nos es común y que vamos completando también con los carteles en la calle, las vidrieras, el viento y las estanterías repletas. Encontramos los acentos de ese idioma en desayunos y meriendas. También nos regalan postres italianos porque sí, porque está bien quererse sin esperar nada.

 

 

En esta etapa en la que no soy yo la que viaja, sino la que muestra, empieza a perfilarse la idea de que los próximos viajes serán siempre con propósito. Del mismo modo que Sol viene para encontrarnos y para explorar la poesía de las ciudades, yo viajo para alimentar un crecimiento. Siempre la literatura está de fondo, incluso en los días de la puna y del viento norte: allí ya estaba la palabra. Ya no me basta con conocer un paisaje desde afuera: quiero tocarlo. Quiero llegar a una ciudad en la que pueda inventarme que vivo allí. Todo esto quizá viene motivado por la certeza de que adentro de mi cuerpo habitan muchas personas, personajes o máscaras (todavía no hay verdades absolutas respecto a esto) y que algunas sueñan muy fuerte con el asfalto y la noche y los ojos ahumados, otras sueñan con las semillas y la salvia y el manantial subterráneo; otras, con los hogares de ojos hacia dentro; otras, con lo hostil (también amamos lo que es violentamente bello); otras que sueñan con permanecer aquí, con los ojos entornados hacia el suelo y la espalda recta, respirando profundamente el aire.

 

 

No sé qué es la astrología. Quizá un mapa, una creencia o un fenómeno que nos supera. Una energía disponible, dicen las astrólogas. Un movimiento de cuerpos astrales en el cielo. Tampoco Jung supo bien por qué en la vigilia se manifestaban los mismos símbolos que en los sueños de sus pacientes. Ni el I-Ching explica científicamente por qué lo que se da en un momento está relacionado intrínsecamente con todo lo demás. Así, yo tampoco sé todavía qué significado tiene este encuentro pero, cuando miro atrás, veo que nada de lo que ocurre entre nosotras tiene que ver con el azar. El eclipse ha transmutado una palabra interior: manifestar. Por fin, materializar, manifestar, después de seis años de reunir las ideas que construyen la realidad que vivo. De nuevo, me pregunto: el propósito de todo esto, ¿cuál es?

 

 

Ya quiero saberlo. Pero abrazo la incertidumbre para parar el tiempo.

 

 

Antes de cerrar el diario, escribo una intención:

 

 

que sea afuera como es adentro.

que toquemos con las manos por fin la paz

1Comment
  • Silvia
    Posted at 12:15h, 28 agosto Responder

    Me dio ganas de recibir, o de pedir que me lleven.
    Como sea, en 10 días regreso a mi otra ciudad y seré esas dos: Olivia pisará aquella tierra de donde también viene y seré la que le da su primer helado rosarino y la que se deje guiar por sus recién estrenados pasos.

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