Macondo.

De Cien años de soledad, Gabriel García Márquez dijo que no se había inventado nada: toda la historia de los Buendía, y del mismo Macondo, la había escuchado cuando niño en los cuentos, mitos y leyendas que le contaba su abuela, y también la historia de su país está de fondo, que es Colombia, y de la región de Magdalena, hecha de sabana y platanal. Hay muchos defensores de que el pueblo en el que él vivió, Aracataca, es ese Macondo imaginado, y otros muchos que lo sitúan en Ciénaga, la propia finca Macondo, propiedad de las compañías bananeras, o Fundación. Para mí, Macondo es y debe seguir siendo un espacio mítico inexistente, como lo es la Buenos Aires de Cortázar o el París de Anaïs Nin: no es necesario ir a señalar su ubicación en los mapas, sino encontrarlo en los detalles de los lugares que nos llevan, a través de la memoria, de nuevo a ellos. En Aracataca vimos las casas de colores, los grandes árboles, y estoy segura que de preguntar a sus habitantes, me contarían muchas historias que encajarían perfectamente en ese realismo mágico garciamarquiano. Pero no quiero ir en busca de Macondo, porque el Macondo que hemos leído no existe fuera de los límites de nuestra imaginación. Por eso, con conocer Aracataca me basta: el lugar donde se forjó la fantasía del Gabo niño y que necesitaría de treinta años de vida para encontrar su forma.

En Aracataca salimos a pasear, y en las calles nos encontramos con un grupo de hombres tocando vallenato y aunque “el vallenato no se baila”, según nos avisó Daniel Samper, a mí el ritmo me hace moverme de forma casi involuntaria. Y encontramos un camión lleno con cientos de piñas y nos sorbemos el jugo de las manos. Y las arepas con queso costeño se asan con hoja de plátano. Y la luz fantasmal y el cielo rosado y las calles amplias. En la hora fresca de la tarde, cuando empieza a anochecer, la gente saca sus sillas a la calle y juegan al 51 y se suben a los tejados por los troncos de los árboles en flor. Es un pueblo inesperado, porque no remite a la idea que tengo del Macondo literario, pero tampoco se me parece a otros pueblos de Colombia. Hay una quietud. Quizá es que no sonaron tan altas las motos, y se oyó más la música que en otros lugares, no lo sé, pero me sentí tranquila y disfruté del pequeño descanso después de unos días muy intensos de reportería en Cartagena.

Tengo conmigo mi edición de Cien años de soledad. Sé que la próxima vez que lo abra, será un libro nuevo, lleno de texturas que no esperaba encontrar, después de haber sentido el insoportable calor húmedo de este pueblo de interior, y de ponerle rostro y voz a las personas que inspiraron a Gabo a escribir su obra más citada. Pero dejaré que Macondo sea otra cosa, y no esto: un lugar que vive siempre en la imaginación, que cambia con ella, que se hace grande, se llena y se hace sólido con cada lectura y cada charla compartida.

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