Lo que no decimos.

Cada uno de nosotros tenemos una historia que le contamos al mundo sobre quiénes somos. En esta versión de los hechos asumimos profesiones, dilatamos las epifanías, borramos los rastros del dolor o lo sublimamos para justificar la persona que somos hoy en día, o contamos nuestros viajes o aventuras o el dinero que ganamos o la música que nos gusta. También narramos los recuerdos de infancia —los felices—, el primer amor, los sueños cumplidos, las cinco veces que suspendimos el carnet de conducir. Pero no es lo que decimos lo que nos hace ser lo que somos. Más bien suele ser lo que no decimos.

 

Me obsesiona la idea de que dentro de cada persona habita todo un mundo secreto que no nos atrevemos a contarle a nadie. Nuestra identidad está llena de huecos, de preguntas que no logramos responder o que solamente en la retrospectiva lograrán adquirir plena lógica. Estos agujeros son los que solemos dejar fuera de la historia que narramos de nosotros: no se dice la ansiedad, no se dice la traición, el engaño ni lo que nosotros no aceptaríamos, quizá, en el otro. Esos huecos están llenos de secretos de familia, de tabús, de placeres y de culpas que atesoramos adentro nuestro y sobre ellos vamos cimentando nuestra identidad. La angustia la cubrimos con el relato de nuestro fin de semana en el campo, la ira en el trabajo la tapamos con las cañas en el bar los viernes, el aborto lo omitimos en nuestra lista de decisiones enjuiciables y los problemas de pareja los borramos con la sonrisa femenina de las mujeres de los años cincuenta: eran perfectas y estaban perfectamente solas.

 

No puedo evitar preguntarme: ¿qué es lo auténtico?

 

Y sobre todo: ¿por qué tratamos de ocultar todo lo que no parezca perfecto?

 

Este desafío de 30 días de escritura diaria me está retando a llegar cada vez más profundo en estos huecos míos y de las personas que amo. Me he dado cuenta de que vivimos en un escaparate en el que todo lo que tenga muescas o no luzca perfecto es mejor taparlo. Y no quiero no llegar a conocer lo que verdaderamente somos por miedo a que no encaje en lo que tenía pensado.

 

Para esta semana le sumo a mi desafío escribir también sobre las sombras y no solo sobre la belleza. Creo que de la suma entre estas dos partes de lo humano nacerá alguna verdad. O por lo menos la pasaremos rozando.

 

La foto es de Nacho Leal. 

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