Cuando me propuse escribir durante 30 días seguidos junto a vosotras, lo último que pensaba era que iba a vivir tiempos tan convulsos como los que he estado viviendo, así que me lo planteaba más como una manera de adquirir otra vez el hábito de la escritura diaria. Sin embargo, no solo he conseguido eso, sino que he encontrado en el diario un espacio habilitador para reconocer y aceptar mis emociones. Y aún así me ha costado darme cuenta, pero creo que por fin voy aceptando que toda narración que hago de mí misma, ya sea en el diario, frente a unas u otras personas o incluso cuando pienso en bucle acerca de las cosas que me ocurren, es solamente una ficción que no debo tomar como si fuera completamente sólida e inmutable. Más bien ahora pienso en el diario como un laboratorio de pruebas donde voy recogiendo y analizando ideas sobre cómo soy y cómo me comporto (y cómo son los otros y cómo se comportan) y todas y cada una de ellas tienen algo que aportarme, aunque a veces sean contradictorias. Me cuesta mucho salir de este pensamiento posmoderno de la realidad múltiple pero es que de momento es el que mejor explica cómo siento y veo el mundo. Y en el diario esto es una prueba: los cambios de parecer, las dudas, las emociones a veces exaltadas y otras monotemáticas, los virajes violentos de rumbo incluso en el cotidiano son los que me van dando idea de que no soy un yo homogéneo que cada día permanece igual. Más bien me gusta la idea de las dunas de arena: siempre están formadas por la misma materia, pero sus formas cambian cada día dependiendo de hacia dónde sople el viento. El mundo que me circunda es esa fuerza motora que me transforma.

 

 

Sin embargo, creo que de todas las cosas que he aprendido en estos 30 días tengo que destacar una: el aprender (o re-aprender, porque a veces se me olvida) a escucharme con paciencia, aunque a veces parezca una radio con interferencias en varios idiomas y no sepa a qué mensajes prestar verdadera atención. En este caso creo que la intuición ha tenido un papel importante para aprender a desechar algunas imágenes o pensamientos que me estaban haciendo mal y concentrarme en los que me devuelven a mi centro. En el diario he encontrado ese refugio para explorar la posibilidad de que lo que prima en nuestro mundo es la impermanencia y que todo lo que existe y lo que somos algún día desaparecerá. Y que esté bien.

 

 

Otra de las cosas más lindas que he aprendido con este desafío es que, a pesar de que la vida de la ciudad sea muy rápida y pasen muchas cosas en ella cada día, yo necesito un pequeño tiempo diario para reflexionar sobre las cosas que vivo y a dejar un registro de lo instantáneo, lo que desaparece. Y que concedérmelo no es una elección, sino un mandato para estar bien. Siento cada vez más profundo que toda esta escritura íntima tiene mucho más que ver con la presencia y la comprensión de lo que nos rodea que con la vanidad o la autocompasión, porque a pesar de que escriba normalmente sobre mí y mi vida, muchas de las cosas que me pregunto e investigo tienen que ver con todos nosotros, con nuestras formas de relacionarnos, con nuestro sistema que nos consume a la vez que nosotros lo consumimos, sobre los miedos que nos paralizan a todos o a muchos, etc. En definitiva, escribo sobre la memoria del mundo en este momento de la historia. Puede que luego nadie lo vaya a leer pero me alegra pensar que al menos habremos dejado algo de esto que vivimos.

 

 

También me parece que este desafío han cambiado mi propia perspectiva acerca de lo que me duele la escritura. Lo he dicho muchas veces y sigo pensando que lo que me duele no es escribir sino el tener en mi cabeza una idea preconcebida de lo que quiero que sea una historia o un texto y que ese descubrir el camino hacia ella es lo que me genera tanta frustración (muchas veces motivado por que no me lo suelo imaginar como un texto, sino como una abstracción sinestésica, es decir, a veces me imagino un texto y me suena como una canción concreta o simplemente hay una emoción de fondo que quiero transformar en palabras y la imposibilidad de esta alquimia me parece muy difícil, pero este es otro tema). Con estos 30 días me he dado cuenta de que el hábito palia este dolor, que quizá viene de mi autoexigencia y de pensar demasiado las cosas: ¿me pongo a escribir? ¿Seré capaz? Etc. En cuanto la rutina ha cogido forma y no tengo que enfrentarme día a día a la resistencia las palabras salen con mucha más facilidad y más libres.

 

 

Esto entronca con otra idea y es la de que nada de lo que escribo es una versión final, es decir, que puedo escribir un muy mal comienzo todas las veces que hagan falta y después volver sobre él y cambiarlo. Esta idea del boceto me parece fundamental porque —quizá es nuestro tiempo o quizá soy yo— la velocidad nos exige perfección automática en todo lo que hacemos. Por eso ahora disfruto mucho de ver que entre un montón de frases indiferentes aparece solo una que considero buena: que tiene cierta poesía, que encierra una idea novedosa o que me parece interesante como un comienzo para un texto. Pero esto no es la mayoría de veces y me lo tengo que repetir hasta la extenuación: el diario es un boceto. Tengo cuadernos de 200 páginas llenos de hechos cotidianos narrados sin gracia cuya función es sustentar esa única frase.

 

 

Finalmente, y creo que esto es lo más importante que he aprendido, es que al concederme este espacio cotidiano solamente para mí, al adquirir una rutina de escritura rodeada de otras rutinas (pasear antes de escribir, desayunar en el bar que me gusta mientras lo hago, completar las páginas que me he propuesto, etc) me he dado cuenta de que quiero que la mayoría de mis días sucedan así: paseando, aprendiendo, leyendo y escribiendo sobre ello, cada vez más consciente de que en toda escritura hay un sesgo, que escribir no es la realidad, y que me interesa el camino que hace que vida y escritura sean cada vez más auténticas. Durante este mes he tenido que priorizar entre lo que me hace crecer y ser feliz y lo que genera en mí satisfacción momentánea pero que en realidad me aleja de estos dictados internos tan fuertes. Hace ya unos años que acepto que por mucho que otras personas piensen que viajar y escribir son actividades completamente improductivas, para mí son un motor vital. Y no me hace falta irme muy lejos para sentir que viajo o escribir una obra maestra para sentir que escribo.

 

 

Esto es lo que me han dejado estos 30 días de presencia en mi escritura. ¿Y a vosotras? Si todavía estás en ello y quieres compartir con nosotras el proceso, ¡cuéntanos en los comentarios!

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