Siempre digo lo mismo, pero mi historia con la escritura es muy larga y muy intensa, así lo siento. Siento que no puedo precisar una fecha exacta sobre cuándo empecé a escribir o una época determinada. Cuando era chiquitita –en la época de la primaria- ya escribía, no recuerdo de qué forma lo hacía y tampoco conservo ningún recuerdo vivo (tangente) o registro de esa época (lamentablemente). Me hubiese gustado mucho encontrarme con la sorpresa de un viejo escrito amarillento con letra de nena con algún “poema” hecho por mí de chica. Porque eso es lo que más me gustaba escribir cuando era una nena: poesía, versos. Con la dulzura de una nena, ahora a la distancia resultaría bien naif leer eso.

 

 

Aunque me considero una escritora de alma, una escritora real por el mero hecho de escribir, así lo siento, pero así y todo, y paradójicamente, no soy una lectora asidua, es más debo reconocer que realmente soy muy vaga para leer. Sin ir más lejos, hace un par de años que no leo –y ese libro fue uno de los pocos con los cuales me enganché muchísimo. Tus zonas erróneas, de Wyne Dyer. Sin embargo nunca pude terminarlo, lo intenté pero no pude lograr terminar el capítulo en el cual se describe a la persona que “ha eliminado sus zonas erróneas”. A lo mejor es una obviedad que no haya querido leer ese capítulo pero así lo fue. Me comí en pocos –cortos– meses el resto del libro y justo ese capítulo no pude (o no quise) leerlo. Lo concreto sobre ese libro es que me gustó tanto porque me acompañó muchísimo en un momento de bajón, en un momento de crisis emocional en el que el libro supo hacer de refuerzo terapéutico para mi terapia convencional (hacía terapia en ese entonces y durante siete años ininterrumpidos también). Evidentemente lo mío, por lo menos en mi vida adulta, son las obras de tipo “psicológicas” o de búsqueda interior porque otro que me comí durante muchos años y en diferentes etapas de mi vida fue El Arte de Amar de Erich Fromm. Este fue un libro que me ayudó en varias etapas, lo adquirí como un regalo en el fin de mi adolescencia y a raíz de ahí lo leí, lo terminé de leer y con los años lo fui releyendo y encontrándole a cada nueva lectura un nuevo color, una nueva luz que me ayudaba a crecer. De la literatura clásica, debo reconocer que no recuerdo ninguna en particular, ni me llamó mucho la atención nunca…leí algunas obras en el colegio pero no me acuerdo de absolutamente nada ahora. Así que lo que puedo decir es que Wyne Dyer y Erich Fromm son mis dos grandes referentes –por lo menos en este tiempo de mi vida– o apoyo más que referentes, porque tampoco es que me inspiro en sus obras para escribir.

 

 

Yo, para escribir, no necesito mucho, no requiero de rememorar citas de otros autores, me fluye, me nace de lo más profundo de mi alma y eso es lo más maravilloso para mí. Puedo estar una tarde en casa, en camino al trabajo o en el trabajo mismo, una madrugada de insomnio o cualquier momento “porque sí” y las palabras me empiezan a hablar solas, naturalmente. Y es así de libre como me siento al escribir, al soltar todas aquellas palabras que me nacen. Es así de fuerte que me siento: en paz, pero logro una paz que en pocas cosas encuentro, incluso mucha seguridad, mucha fortaleza. Qué sé yo, los sentimientos son todos buenos al escribir. Me es liberador, terapéutico, feliz, de análisis también, de reconocimiento de cosas que a lo mejor naturalmente no puedo –o no quiero– admitir directamente y con el papel lo logro. En fin, me trae alegría y emoción porque en ese momento me entrego al papel por completo, doy todo lo que tengo sin esconder nada y eso es lo más gratificante para mí.

 

 

Me dio mucha alegría este reencuentro con la escritura. Todavía no comprendo cómo fue que estuve tantos años sin dejar salir mi parte tan mía como lo es la de escritora. Pero acá estoy y cada día me entusiasmo más y más. Armé mi “refugio digital”, como yo lo llamo y crece un poquito más cada día. Y eso no es todo, acabo de editar mi primer libro de relatos, mis Relatos de un cambio de vida, que trata de contar en primera persona –y casi en simultáneo- vivencias de una nueva etapa en mi vida y en la de mi pareja. Intenta reflejar experiencias y emociones causadas a raíz de lo que es esta situación de cambio. Es un libro que nació espontáneamente en un momento muy particular por dos motivos: el primero, que después de pasar de una larga década sin escribir nacieron estos relatos sin ninguna intención de ser publicados (eso surgió después); y el segundo motivo es que después de vivir un cambio tan grande, mi vida dio un giro muy importante que me sirvió para crecer como persona. NO es un diario personal, tampoco es un diario de viaje. Si se quiere, es un diario acerca de la vida misma. Y esto me entusiasma demasiado.

Ella es Laura Racciatti. Acaba de mudarse de la gran ciudad de Buenos Aires a la pequeña Tandil y disfruta junto a su pareja de la vida local. Escribe en Alma en letras