La trastienda del reportaje.

Para los periodistas, internet lo ha cambiado todo. En la universidad, los de mi generación vivimos la muerte de los grandes periódicos en papel: alrededor de treinta cabeceras cerradas en solo cuatro años. Eso significó para nosotros que también desaparecían las redacciones donde, después de una carrera, como decimos muchos, un poco “trivial pursuit” (interesante aunque poco práctica en un oficio que se hace de reportaje en reportaje) pretendíamos formarnos. Para mí, y supongo que para todos esos compañeros que hoy trabajan muy lejos de los medios de comunicación, la muerte de los periódicos significó, sobre todo, la ausencia en nuestras vidas de la figura del mentor: ese periodista que ya lleva sus buenos años en el oficio y que se la sabe todas, y al cual acudimos temblorosos a mostrar ese texto que nos ha costado tanta paciencia y sufrimiento escribir y que terminará lleno de anotaciones en rojo y probablemente en la basura. Ese mentor que criticaba tu trabajo y no a ti. Que sin darse cuenta, quizá, te daba tres consejos que después te van a acompañar toda la vida, escribas o no. La desaparición de las redacciones físicas y de los mentores también hizo que el proceso de escribir cambiara radicalmente: del lugar donde con otros periodistas podías discutir un enfoque, una fuente o el grado de implicación en una historia (y casi siempre llenarte de ideas y escuchar a aquellos que ya lo habían vivido todo) a este lugar nuevo llamado “mi habitación” (con suerte, a veces es un salón compartido en un hostel barato o un café ruidoso) donde solo estoy yo y hablo solo conmigo y existe la duda perenne de si estoy escribiendo una completa basura siempre en el aire. Esta incertidumbre de los procesos casi nunca la narramos ni la compartimos. Sé que lo que importa es la historia: ahí es donde está el periodismo. Pero ¿y lo que pasó mientras trabajábamos en una historia? ¿Nadie lo va a narrar? Soy una nostálgica de los caminos.

Mientras estaba participando en la Beca Gabo sentía muchas ganas de contar lo que estaba viviendo, simplemente porque a mí me encantaría leer a otros periodistas jóvenes o recién iniciados hablar de cómo han llegado hasta un indicio de historia, cómo encontraron el personaje principal, qué dudas tuvieron respecto a la elección de los detalles. Quizás, si este reportaje no lo hubiera escrito en compañía de otros catorce periodistas, no me habría dado cuenta de lo universales que son nuestros debates sobre la voz, el estilo y el tono, pero también sobre cómo trabajamos con citas textuales, cómo creamos imágenes, cómo nos salimos del texto (yo, yo, yo) o cómo participamos de él para que tenga más potencia. Sobre qué historias importan o sobre si todas las historias importan. A mí este debate me encanta y lo confieso: me siento siempre muy sola, no encuentro dónde se está generando esta conversación, dónde se está hablando de la trastienda del periodismo y de la escritura, salvo en unos poquísimos medios que conectan a los nuevos con los que hicieron del periodismo un modo de vida. ¿Dónde estáis los demás? Lacrónica, Zona de obras y otras antologías de textos maravillosas sobre reporterismo ayudan, pero no son suficientes. Necesitamos diálogo.

Quizá porque a menudo pienso que si algo no está hecho es hora de que al menos yo lo haga, tengo ganas de compartir el backstage de El negro ilusionado con vosotras. Lo que cuenta este reportaje es cómo la especulación inmobiliaria está destruyendo la cultura afrocaribeña en una franja de tierra muy breve en Cartagena de Indias, Colombia, que es también una playa muy bonita y deseada por todos. Este lugar se llama La Boquilla, y llegué allí por casualidad en 2014 para visitar a una amiga que vivía, precisamente, en uno de los edificios de quince pisos que amenazan la pérdida total del territorio. Mi primera visión de La Boquilla fue desde el cielo, bañándome en una piscina con paredes de cristal. Los veinte días que siguieron, Adriana y yo los pasamos durmiendo en el gimnasio de la Fundación Uvita de Playa, la única sala con aire acondicionado de los alrededores, visitando a personas con distintas discapacidades y tratando de arreglar sillas de ruedas con lo que había por ahí. Todo un desafío que al final se quedó en nada.

En el tiempo que conviví con los boquilleros se me ocurrieron veinte indicios de historias que contar, pero el viaje siguió y las notas quedaron aparcadas en una carpeta. Mi favorita era la historia de Lucho Gómez Alvarado, un señor por encima de los setenta y casi ciego que se había ocupado de grabar en cintas de casette y de transcribir con una máquina prestada todo lo que sabía de la cultura afrodescendiente, de carácter sobre todo oral, y que con la modernidad se estaba disolviendo sin dejar rastro alguno en sus jóvenes. También me gustaba mucho la historia de los tambores y de cómo a través de los ritmos ancestrales afro se estaba educando desde la infancia en los valores culturales propios. Y estaban también el mangle, los pescadores, la champeta, las invasiones de tierra. Y los hoteles, esas grandes moles amenazando el territorio, siempre presentes. Cada vez más.

En los dos años entre mi primera y mi segunda visita, La Boquilla sí ha cambiado. Se está construyendo un puente gigantesco sobre su ciénaga y en las calles hay más carteles de “Se vende” que antes. Por eso, aunque yo quise defender el tema de la cultura oral y las tiernísimas cintas de Lucho Gómez, los maestros de la beca vieron mucho más claro que yo dónde estaba la historia, así que tuve que cambiar el foco: buscar nuevos personajes, un nuevo tono narrativo, un nuevo punto de vista. Durante aquella semana fui cada día a La Boquilla a hablar con la gente. Deisy (con amor, la llamé mi fixer, creyéndome la gran corresponsal en tiempos convulsos que nunca he sido) me llevaba a ver a la señora que había vendido sus tierras para construirse un tercer piso o al pescador que tuvo que operarse, recién a los setenta, de una hernia que le salió a los veinte y que se queja de los peces que pescan ya muertos por envenenamiento, o me llevaba a comer por ahí y a preguntar por la cuestión de los hoteles y de la identidad, a ver qué sacábamos en claro. A veces venía Stephen Ferry con nosotras y sacaba fotos de todo lo que vivíamos, que son las que hoy ilustran el reportaje.

Como siempre, la realidad es múltiple. No hallamos ninguna verdad, sino muchas: una por cada testimonio. Muchos argumentos, todos válidos. Porque el periodismo va sobre la vida, que difícilmente se puede reducir a una sola versión de los hechos. Eso se tradujo en un centenar de páginas de notas y transcripciones de conversaciones. En cuanto caía la noche me iba al hotel y escribía. A veces, hasta las cuatro de la mañana: dibujaba una versión tras otra, que por la mañana tendría que defender ante los maestros, y que cada día se desmoronaba con sus comentarios. “La prosa es bella”, me decía Selasi. “Pero es editorializante”, decía Levi. Y Samper Pizano: “haz que cada cita que está en tu texto tenga una razón muy concreta: es la voz del personaje. Por ahora, me sobran todas.”. Y Feliciano: “aún no has encontrado la forma que pide tu texto”. Y Jorge Fabricio Hernández, viéndome completamente hundida después de la sexta versión: “no mames, la historia ya la tienes, no te preocupes más”.

Aquellas sesiones con los maestros eran dolorosísimas. Me obligaban a dejar atrás todas mis ideas preconcebidas de lo que quería escribir. Y no salía. Y no salía, vol. 2, 3, 4 y 5. Al final la frase de Feliciano había dado con la clave: faltaba la voz de la historia, que no era la mía y que me permitiría, también, hablar de lo que estaba pasando sin “mojarme” tanto. Mi idea inicial de hoteleros malos versus boquilleros buenos empezaba a llenarse de matices: ya no había unos que atacaban y otros que se defendían, sino múltiples actores con muchos intereses económicos, incluyendo a los propios boquilleros, entre medias. Ahí estaba la historia: en no juzgar sin tener todos los datos. Me hizo mucha ilusión salir de mi pensamiento bimodal en el que unos son culpables y otros no. Así llegué a Benjamín Luna, una de las personas que desde 2014 había querido entrevistar. Lo que más me había llamado la atención (esos indicios de historias) había sido su casa: era la única construida con el mismo cristal azul de los hoteles en la playa. Parecía fuera de lugar entre tantas casas de cemento y sillas de plástico. Había algo aristocrático en esa casa, algo que le separaba de esa plaza sin asfaltar y de su gente.

Benjamín terminó convirtiéndose en el personaje, en la historia. En lugar de un reportaje con múltiples puntos de vista, escribí un perfil, porque en él ya estaban todas esas miradas sobre el conflicto que yo, desde mi propia voz, pretendía contar. Pero él le daba la credibilidad y la vigencia que yo no podía darle. El reportaje tenía que ser escrito (o al menos investigado) en una semana. Siete días no son suficientes para saberlo todo. Así que el último día le llamé y le dije si podíamos encontrarnos. Hablamos durante horas. Me enseñó su casa y presencié cómo se desenvolvía con una decena de personas que vinieron a su casa a pedirle ayuda o consejo. Me habló de muchas cosas aparte del problema de la tierra, pero no podemos contarlo todo: eso es ahora solo imágenes: los pájaros y el agua de su tierra, su casa, su carrera como médico, etc. Volví de noche para la fiesta de despedida de la FNPI, con las manos otra vez llenas de datos y sin tener nada escrito. Otra vez tocaba empezar de cero. (Pero primero bailamos mucho, también hay que soltar amarras mientras se trabaja.)

En la edición final tuve que dejar fuera las pequeñas historias que fundaron mi interés en este pueblo y que me motivaron a conocer más sobre lo que están viviendo: Lucho G. Alvarado y su luz del progreso, Nory Iriarte y su ceguera económica, la familia Jaraba y su legado pescador y, sobre todo, a Deisy, su curiosidad y alma de fixer. Sus narraciones, aunque no se puedan ver en la pieza publicada, son el armazón, la estructura que sustenta todo el texto. A ellos, gracias por compartir su historia.

La versión que podéis leer es la séptima que escribí desde cero, y sé que todavía no es la mejor que podría haber sido, pero también hay que aprender a parar y empezar con cuestiones nuevas. Quería contarlo. Porque a veces tardamos mucho en dar con una historia, pero aún más con su forma, su estilo, sus personajes y con la comprensión —aunque sea mínima— de lo que le pasa a los otros en una tierra que no es la nuestra. El texto me parece que ha quedado bien, aunque aún veo algunas de las cosas que criticaron los maestros: algo de caos en las ideas, que podrían ser más sólidas, algo de mí allí donde solo debería haber ellos, algo de inocencia, tal vez. Pero es que eso también soy yo, la que escribe.

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