La maleza. LFTS#2

Un día la casa del valle ardió y no hubo nadie allí para verlo. Me imagino que la mitad izquierda empezó a latir muy fuerte y de pronto estalló en llamas. Me imagino que fue en medio de la noche, y que el silencio temprano del alba apareció roto al día siguiente, y que la casa siguió ardiendo hasta que el fuego se extinguió por sí mismo y una nube oscura sobrevoló el valle hasta no ser nada más que humo transparente. Aquello fue un espectáculo celebrado para unos pocos: el peral, el manzano, el ágave, el almendro. Ahora, cuando pedaleo la carretera de tierra, pienso siempre en la memoria muda de esos árboles, que nos han mirado año tras año construir, habitar y abandonar esta casa que hoy es solo ruinas. ¿Guarda la higuera recuerdo de la voz de tío Pepín, de los picotazos de las avispas en mis piernas y en mis manos? ¿Guarda la parra el dormitar de los perros —desde mi mirada infantil tienen la talla de monstruos de las nieves—, el olor de la tortilla y de las carnes de Asturias, el tacto de la casita roja y blanca que el abuelo construyó para mí con el puro siempre colgado de su boca? Ese aroma suyo a libros del Oeste, a sótano, a tabaco húmedo, a herramienta sucia, a viruta de madera recién tallada.

El registro de la memoria es siempre decadente: se llega a un punto más allá del cuál ya no se puede avanzar más. La casa llena de maleza, la casa atestada de espinas, la casa protegiéndose a sí misma, universo inescrutable, como el propio mundo del recuerdo. Avanzo a través de imágenes muy leves. Avanzo volviendo a tocar las costras en mi cara después de aquella gran caída, de mi llanto feliz. Avanzo a través de las cuevas de los guerrilleros en las colinas. Al otro lado solo está este mundo extinto del que hablo: eso busco. Nada de lo que allí hubo hoy pervive.

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