La llegada. Buenos Aires

15 de marzo de 2018

 

Amo de Buenos Aires el silencio adentro de las casas. Es el verano, o el barrio. Esta casa es ingeométrica —«nada virgo era la mina que lo hizo», dice Car—. Pero es circular y todas las habitaciones están conectadas entre sí, de ahí la luz hermosa que la baña. Salgo a caminar las calles adyacentes: Inclán, Juan de Garay. Las miradas de los hombres ociosos. La caída del sol. Paso junto a un garaje de lavado y el agua me moja. Las flores rosas de los ceibos. He deseado esta liviandad. Un alfajor de dulce de leche, la música. Los precios desorbitados de las cosas en los mercados. Compro de a uno: zanahoria, morrón, ajo, tomate, yerba mate. Aparecen los mosquitos con la noche. Hay algo con llegar a una ciudad y vivirla como quien ya la ha hecho suya. Cenamos calabaza al horno. Un día iré hacia el sur, al desierto ocre que he visto en los mapas. Todo es sueño.

Leo a N. Habla de la libertad: andar a lomos de una pick up, con el viento en la cara, dejando que sea la ruta la que decida dónde llegar. Reconozco la sensación. Para mí hoy la libertad es lavar mis bragas mientras me baño con el agua fría y saber que apenas poseo mucho más que esto: una mochila, algunos objetos, un cuaderno para dialogar y reconstruir la memoria de estos dos años de vértigo, un puchito al sol nocturno en este patio de verdes dulces y una enorme alegría de estar viva. Me digo que la única libertad está en lo incontenible: el viento, el cielo, la nada.

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