La pregunta que más me he repetido en los últimos años es la siguiente: ¿por qué escribo?

No hay una respuesta única, como no la hay para ninguno de esos temas vitales tan complejos que nos atañen: ¿qué significa para nosotras dios o la fidelidad o el trabajo o la maternidad o la conexión pura con los verdes naturales o qué buscamos en nuestro paso por la Tierra? Cuando se ama algo profundamente, ese hecho empieza a mostrarnos sus múltiples caras. Incluso puede que una pasión que es poderosa, como lo es la escritura, acabe invadiéndolo todo. A mí me pasa.

Pero, entre todas las respuestas posibles, quiero destacar una: escribo porque no puedo evitar el paso del tiempo. Porque no puedo evitar el vértigo que supone vivir tan deprisa en este mundo que compartimos. El diario y la escritura (aunque también escribo ficciones, periodismo, ensayos y, sobre todo, cartas) para mí suponen una forma de frenar ante la expansión de la experiencia diaria, de prestar un momento atención, de adquirir conciencia de presente. No hay una manera mejor (salvo, quizá, una conversación lúcida) que la escritura para detener el tiempo y dejar constancia de lo que a mí y los que viven conmigo nos ocurre.

La vida se diluye muy rápido en el pasado. A mí me genera angustia saber que todo lo que nos ocurre va a perderse, todas las palabras importantes que nos hemos dicho, todas las sensaciones únicas que nunca más experimentaremos de nuevo, todas esas primeras veces que nunca más serán y también esto que llamamos “yo”, que diariamente cambia y se transforma en algo nuevo. Por eso escribo: para dejar una huella.

Aunque ésta sea la motivación principal, también escribo para comprender de qué va esto que decimos “vida”. Solo a veces intuyo algunas cosas, como luces que se desvanecen muy rápido. Por esta razón cada día asumo la importancia de hacer que nuestras palabras se abran al mundo, de hacer que la experiencia personal trascienda y se convierta en una experiencia grupal, humana, que nos conecte. Para que estemos cada vez menos solas. Para que nuestras voces hallen un tono, una potencia, un ritmo necesarios para comunicar nuestras ideas sobre esta realidad compleja, plural y absoluta que nos rodea y nos abarca completamente.

La escritura, por tanto, es cada vez más un poderoso lugar de encuentro: conmigo misma y con vosotras. Para crecer, sanar, construir, acompañar y crear cosas nuevas. Es lindo habernos encontrado por fin. ¿Cuánto llevamos esperando?

Ahora, lo que necesitamos, es un hogar.