Encuentro con la luz de la montaña.

En el documental La sal de la Tierra, el fotógrafo Sebastião Salgado termina diciendo que el daño que le causamos los seres humanos a la Tierra —la deforestación, en concreto— se puede revertir. Él hizo plantar diez millones de árboles en sus tierras familiares, reconvirtiendo la tierra estéril en una nueva selva. Aquello me dio mucha alegría: se puede luchar contra la destrucción, el cemento, el asfalto, el petróleo. Ahora, miro la ciudad de Medellín desde uno de esos edificios que le nacen a la montaña como una cruz (uno de los hijos del progreso) y con la noche parece como si se nos hubieran vertido migas de oro o como si los gigantes le hubieran prendido hogueras inextinguibles a esta tierra. Y me acuerdo de Sebastião y su selva y, por primera vez, veo la línea porosa que separa la belleza y el horror: esta oscuridad. Por la mañana Medellín será gris, será cemento, asfalto y ruido, pero por la noche, aún, puede solo ser el silencio y esta bandada de luces como luciérnagas.

No me esperaba estar aquí hoy. Normalmente, cruzar un océano es algo que se planea, que se saborea lentamente mientras llega, que se sueña y se elige. Pero yo vengo con menos equipaje que nunca y todos los planes ya hechos de antemano otra vez a este país que fue el comienzo de algo que tuvo mucha importancia para mí. El mundo me parece cada vez más pequeño: hace menos de un siglo la gente que cruzaba el Atlántico sabía que podía ser para siempre. La sensación de incertidumbre, que me genera tantas contradicciones (abrazarla o repudiarla, en un bucle infinito de confianza y desconfianza en el futuro), en este momento ya no existe y es la primera vez que me marcho sin ella. Se siente extraño tener una misión, no estar de viaje, como hago siempre, para sentirme libre, sino para ir en busca de una historia que quiero contar. Esta vez, volver a Colombia me hace sentir en casa: no vengo a descubrir nada nuevo, sino a profundizar en lo que quedó dormido las otras veces. A reconocer, también, los olores, las esquinas, los acentos, las frutas, como formas de la memoria o anclajes profundo a lo que ya hemos vivido.

Parece un déjà-vu. Otra vez, como la primera, despierto al amanecer y escribo el primer texto de este viaje desde tan alto, con un té de frutos entre las manos y mirando la ciudad despertarse lentamente, sacudirse la bruma y empezar a vivir. Pero todo lo que ha pasado entre medias separan la imagen de aquella chica de la que ahora escribe: ella lo sabía todo y yo ya no. Ahora me pregunto si podemos elegir qué hechos nos construyen, nos dan esta identidad que creemos poseer con tanta furia. Mi gran hito fue ese viaje, pero no por el viaje en sí, sino porque me dejé atrás: “solo lo que está vacío, puede llenarse”, nos decíamos.

Me vacié. Sin embargo sé que también este hito algún día será recuerdo. Se irán superponiendo otras experiencias que configuren la idea de quién soy y estará bien.

Y ahora, iré a saludar a los perros. Y a observar el día que se hace por fin cielo abierto aquí, al otro lado del mundo.

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