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eme@maitenacaiman.com

Me llamo Marina y he creado este espacio porque lo que más me gusta es escribir sobre los viajes, sobre las personas, sobre las emociones, sobre lo que nos rodea, sobre el pensamiento humano y, especialmente, me gusta escribir sobre escribir. Como creo que la vida está compuesta por una serie de sojourns (que decía Thoreau) o experimentos vitales, no tengo un lugar fijo de residencia desde hace varios años. Por eso, Maitena Caimán es para mí un hogar al que siempre puedo regresar cuando estoy lejos y necesito compartir un tiempo con mis personas-bandera: aquellas que también piensan que lo importante es habitar en el detalle, encontrar una voz, trascender de lo individual a través del arte y vivir de acuerdo a los dictados propios día tras día.

Soy licenciada en Periodismo y he cursado dos másteres: uno, en Periodismo de Viajes en la curvilínea Barcelona, mirando el mar desde el espigón y buscando el silencio; el otro, en Estudios Literarios en mi ciudad de infancia, Madrid, en una especie de tregua con los recuerdos, con el pasado, y conmigo misma. Estos dos polos opuestos de la escritura (el vivir para contarlo y el leer para vivirlo) configuran hoy en día la base de mi pasión por las palabras, las historias y los libros. Por eso, también trato de generar recursos a través de ello, escribiendo para revistas (soy habitual en Altaïr Magazine y en Viaje con Escalas), impartiendo talleres de escritura y, desde este hogar, generando sinergias entre otras mujeres que escriben. Además, me interesa todo lo que tenga que ver con proyectos editoriales, la crónica periodística, la escritura de viajes, las culturas que piensan radicalmente opuesto a la mía, lo que está fuera de lugar (como los chinos de África o los oasis), los objetos hechos a mano en este mundo vertiginosamente capitalista y la impermanencia de todo lo que existe.

Entre el año 2007 y 2013 viajé por unos cuarenta países. Considero que en apenas dos o tres de ellos logré traspasar el umbral del visitante que logra comprender la realidad de lo que observa. Disfruté, aprendí, cambié, pero quizá no dejé nada a cambio, salvo dinero y unos cuantos escritos en mi diario de viaje, Hey Hey World. Fueron viajes necesarios para comprender que cada templo puede ser único o igual al anterior y que eso depende de encontrarnos con otros seres humanos y no con el paisaje estático. También me di cuenta de que viajar podía ser un estilo de vida tan válido como cualquier otro y que tener miedo a hacer lo que uno quiere es un absurdo y una pérdida de tiempo brutales.

En el año 2014, con una hermana del corazón, emprendimos un viaje por Sudamérica que duró catorce meses y que nos llevó de Colombia a Argentina y de Argentina de nuevo a Colombia. Escribí mucho. Trabajé de cualquier cosa. Viví la euforia, la tristeza, la alegría, la sensación de estar haciendo algo grande y de estar perdiéndome al mismo tiempo, el nacimiento de ideas políticas poderosas y también la disolución del ego. Me expuse a la realidad sin red de seguridad, me enfrenté a todo lo que había sido hasta entonces, y fue maravilloso. Considero que aquella experiencia ha cambiado completamente mi mirada y mi experiencia en el mundo. De camino escribí un libro sin escribirlo, que se llamó Lava no arde y que intercambié durante mi ruta por dinero u otros víveres. Fue un laboratorio con la voz y con la emoción. Considero que Lava no arde es el diario de un cuerpo atravesado por la experiencia y no un libro de viajes al uso. Hay poco paisaje, quizá, pero hay búsqueda: de mi propio nombre, de una geografía íntima y, sobre todo, de libertad. En aquel viaje aprendí que lo más importante en el mundo es el amor, en cualquiera de sus formas: es lo único que puede vencer el miedo.

A finales de 2015 volví a mi primer hogar en Madrid por decisión propia y con muchas ganas de utilizar todo lo que había aprendido para crear algo propio a la vez que nutritivo para otras personas. Me imaginaba todo el invierno escribiendo cartas en mi escritorio, tranquila y en paz. Sin embargo, lo que ocurrió en realidad fue que la sociedad a la que había regresado me pareció fea y hostil y me dediqué a luchar contra la idea de vivir más tiempo en ella. Aquello fue tristísimo pero necesario, porque aprendí a sobrellevarme a mí misma como nunca antes. Me di cuenta de que ser valiente, al menos para mí, no significaba irme a recorrer selvas o hacer autoestop o no tener muy claro cómo ganar dinero para continuar, sino quedarme en mi hogar de infancia, enfrentándome al sinsentido, al no encajar, a tener demasiado tiempo para pensar una y otra vez en todo lo que sentía que me faltaba, en bucle, hasta la asfixia.

En medio de esa tristeza infinita, compré un avión a Montevideo para el final de la primavera. Era una huida. Finalmente lo perdí, una semana después de cumplir veintisiete años. También me fui del valle a la ciudad, donde las librerías, los cafés, las calles, los desconocidos, y comencé a ver en la ciudad donde había crecido un lugar habitable y que podía aportarme, si lograba quedarme un tiempo quieta, muchos conocimientos y una profundidad en la experiencia cotidiana distinta a la que generaba en mí vivir viajando.

En este momento sigo viviendo en Madrid, terminando —o eso creo— uno más de esos sojourns o estancias temporales que, de forma cíclica, me llevan del movimiento, donde prima la deriva, la incertidumbre y la libertad, a la rutina en una sola ciudad, donde los proyectos se materializan, las relaciones se afianzan y los aprendizajes se interiorizan y pasan a formar parte de mi propia identidad. Maitena Caimán es el resultado de todos estos años de viajes, encuentros, ideas y escrituras propias y ajenas, que, sumadas a la tranquilidad y a la distancia que solo genera la rutina respecto de uno mismo, han destilado esta forma, en este día, por fin, para nosotras.

Marina (Madrid, 1989)

 

Fotografía de Gabriela Müller