El valle. Casa Vega

Por las mañanas siempre recorro el valle en bicicleta. Me gusta ir a la casa donde viví dos años con mis abueles cuando era niña. Donde aprendí a cocinar con tierras y hierbas, a acariciar escarabajos y mariquitas, a cuidar a los erizos, a cascar nueces con un instrumento que nunca supe nombrar, donde me columpiaba hasta que me las avispas me mordían la piel de los muslos y donde probé todos los elementos en mi boca, en mis manos. Era libre. También entonces salía a recorrer los caminos —en mi imaginación era uno de los personajes de Pacific blue o de Verano azul, según el día— y por las noches jugábamos al bingo y mi abuela me enseñaba a rezar. Es extraño sentir esos rastros en la memoria. Muchos años después sigo pedaleando sin cansarme de ver día tras día el mismo paisaje, incluso una vez me encontré a mi misma rezándole a algún dios, no sé muy bien aún a cuál, no sé, incluso, si aquella oscuridad compartida con mi abuela abrió en mí la posibilidad de creer en algo. Cada vez que vuelvo a la Vega encuentro una casa medio en ruinas, completamente desvalijada durante estos veinte años de abandono, un corral que se cae, un almendro que crece fuerte, una tierra yerma. Desde hace un tiempo tengo el deseo de que algún día esta sea nuestra casa. Y digo «nuestra» porque siempre me la imagino comunitaria, llena de gente que viene y va, que trae algo, que viene a sanarse y a sanarnos. Necesito devolverle al mundo y a sus habitantes todo lo que me ha sido dado. Quizás, quizás, quizás esta sea la manera.

Así que se van buscando ideas, manos y semillas para comenzar este proyecto.

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