A todas partes llevo conmigo un cuaderno. Al final de cada día (o a veces en las mañanas) dejo que mis manos y mi voz se relajen y solamente salgan, tratando de desenmarañar las experiencias, los encuentros y los pensamientos que he tenido. Este diario es una herramienta muy especial en mi día a día: a través de él me construyo y transformo a partir de mis vivencias cotidianas y, sobre todo, de los aprendizajes. Soy incapaz de vivir sin él.

Cada vez entiendo más por qué este objeto, en apariencia tan común y ordinario, es a la vez tan importante. Mi diario es el nexo entre los mundos que habito: uno exterior, donde observo y vivo el paisaje, donde se cruzan personas y dejan una impronta, donde procuro habitar espacios compartidos, donde entro en contacto con las ideas de los otros y con el inevitable fluir de nuestras ciudades; el otro, interior, donde las experiencias se hacen sólidas, donde siento, sueño, pienso y muchas veces me niego a aceptar cosas de mí y del otro, donde el recuerdo y la vivencia se convierten poco a poco en identidad. En el diario queda constancia de quién ha transitado esta vida y de las personas, paisajes y grandes hechos que nos han acompañado.

Escribo un diario desde que era niña. Tengo cajas de cuadernos apiladas en mi habitación de infancia y todavía lleno varias hojas diarias, varios (muchos) cuadernos al año como forma de salvar algo, quizá a mí misma de mi desaparición. Con la llegada de esta joven edad adulta que ahora atravieso hacia otra parte, que aún no sé cuál es, entiendo que mis cuadernos son, cada día más, una herramienta de transformación: en ellos cabe todo, desde el hilo cotidiano de hechos y anécdotas, hasta la poesía, hasta el intentar averiguar cuántos nombres tiene el amor, hasta los pasos de un viaje. Pero, sobre todo, lo que cabe en el diario es la emoción vívida encontrándose, por fin, con el lenguaje.

Sé que todo esto también a ti te ocurre. Nosotras, las que escribimos diarios, hemos pensado durante años que no había nadie ahí fuera con quien compartirlo. Los hemos guardado con celo (y aún lo hacemos). Nuestros diarios son compañeros. Interlocutores. Pero también, a veces, son literatura o testimonio, y es necesario atrevernos a mostrárnoslos para que la experiencia de estar vivas sea, cada día, más intensa y más real.

¿Nos atrevemos?