Me produce placer habitar las casas como si fueran mías. En la plaza ha llegado la hora de los mosquitos y Gabriela y yo nos quedamos dormidas bajo un cielo azul noche. Hay una luna a punto de desaparecer y la luz italiana que es siempre húmeda. Gabriela: una imagen a oscuras, mirando afuera, al borde, de espaldas. La casa es enorme y antigua, una casa de crucifijos y levemente decorada. Nuestro balcón da a una cúpula abandonada. Gabriela trae fado de su tierra. Se lo muestra a la señora de la casa y a su hijo. Ella nos ha contado que su papá tuvo un hija en Barcelona. Era marinero. Se llama Olga Sánchez. Nunca la ha visto. Su sueño es ir a uno de esos programas de la tele y conocerla.

 

Hay tantos nombres para el viaje como para el amor. Podemos experimentar todas sus variantes pero no podremos nunca elegir solamente una. Siempre estaremos en construcción, cambiando. Siempre querremos indagar otras profundidades, hasta la euforia, hasta la herida.

 

Caminar me cura. Me calma los dolores y la mente.

 

Hace dos días dije a Gabriela: “tengo la sensación inminente de reencontrarme con alguien.” Por la noche bajo al bar y aparece alguien a quien conocí en mi último año en Madrid. Pero no recuerdo nada. He tenido que preguntar: “¿tú y yo alguna vez nos hemos besado?”

*

En la casa, la mamá busca una mujer para su hijo Andrea y nos hace tender las sábanas bien templadas al sol. Después cenamos con ella: prepara los gnocchi con tomates, cebollas y jengibre y los tomamos en platos hondos. Debajo de sus ropas celestes lleva un sujetador granate. Solo le he visto un tirante. Tiene setenta años, pero es muy bella. Ha criado a su hijo sola. Es fuerte. Nos habla de la maternidad, de la belleza de crear una familia. Posee esa mirada anticuada sobre lo que significa ser mujer: “¿qué nos queda si no son los hijos? Nada.” Pero Gabriela responde:

 

—¿Y a los hombres? Ni eso.

 

Ese es el choque entre dos generaciones que están tan cerca —la carne— y tan lejos —el espíritu—.

 

 

Pero hoy: caminar por las calles acostumbradas y de pronto descubrir un recorrido nuevo. Y hoy: tomar un bus a Gaiola y descubrir una playa minúscula donde la gente se hacina como si fuera la última vez que ven el mar. Hay cosas incomprensibles y siempre tienen cerca mares sucios. Y hoy: un chico que lee a Woolf en el autobús y sonríe solo y mis ganas de abrazarle.

 

Veo en la calle un anuncio y creo leer: Asociación para el Olvido.

 

La mirada temblorosa de la mamma:

 

—Somos mujeres. No tenemos nada.

 

Hay una foto de su juventud en el salón. Era preciosa. La vejez se apodera de todos. Pero nosotros, los jóvenes, no sabemos qué cara tiene aún. No podemos imaginarnos siendo viejos.

 

Su mirada temblorosa:

 

—Cuando una mujer pierde su juventud y su belleza, ¿qué le queda? A los 40, a los 50. Nada: la familia.

 

Canta muy lindo afuera. Me dice que me parezco a la mujer del apache Toro Sentado, con el pelo tan negro.

 

Me siento silenciosa, hacia dentro. Hay días de un finísimo equilibrio entre adentro y afuera. Algunos viajes son tan tranquilos —pasan cosas, pero ninguna que nos sorprenda— que actúan como catalizador de experiencias anteriores. Filtros. Este viaje ha sido sobre todo en las ciudades interiores. Temo perder la memoria, haberla perdido ya y no recordar nada. Siempre confío a mis diarios la proeza de conservar el pasado. Quizás, por eso, no me pesa.

 

Cutlivo mi soledad como un gran don que a veces me cuesta aceptar. Amo esta mano que no sé aún dónde me llevará. No pienso: escribo. A veces encuentro en mi memoria los hilos de los pensamientos que he dejado a la vista durante el día para retomarlos aquí y llevarlos hasta su hogar.

Aquí puedes leer otros extractos del Diario de Italia.

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