Día 9. La niebla

La casa en la que habito es muy amarilla. Vierto curry y pimienta sobre los vegetales y como sin hambre. Encuentro, en cambio, libros en la biblioteca sobre la escalera y me excita encontrar a Gonzalo Rojas, a Vicente Huidobro, a Marcela Serrano y a Elicura Chiuailaf entre ellos. Recuerdo estos versos, que vienen siempre conmigo —ahora que lo pienso, solo recuerdo los versos de poetas chilenos en mi memoria, Neruda, Rojas y Colipán, amado Likán dorado como un mito—:

 

«Vivo en la realidad.

Duermo en la realidad.

Muero en la realidad.

 

Yo soy la realidad.

Tú eres la realidad.

Pero el sol

es la única semilla.»

 

No encuentro este poema entre los libros y los abandono al costado. Después los otros ya no me impresionan: mujeres construidas por el deseo de los jóvenes poetas que amaban pasar hambre en un subsuelo sin luz. Copio algunos versos en mi diario y salgo a la calle y no sé si lo que cubre las calles es humo o es niebla. Solo veo una figura desdibujada a lo lejos. El olor es muy fuerte, como el de un campo de romero ardiendo. Me han dicho que los pingüinos ya han partido hacia las cosas. ¿Quién me lo ha dicho? No lo sé. Solo los pescadores conocen el silencio. Esta noche es muy blanca y muy densa. No hay cielo.

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