Día 8. La frontera

Esta noche dormimos con la ventana abierta para que entre el viento patagónico. Me levanto mucho antes del amanecer y S se queda en la cama y quizá acaricia a Malvi, no lo recuerdo. Sí sé que antes de irme hemos besado toda la casa. Estoy yéndome porque en la medianoche de ayer pensé en una isla al sur del sur y hacia allí me dirijo. No tener una casa me permite moverme por impulsos: intuición, divino don perdido. Pienso a menudo estos días que la felicidad está exenta de futuro y que por eso me hace tanto bien no planear nada con él ni con nadie. En cambio, me gusta observar los paisajes donde viven los otros y no caber en ellos, solo mirarlos, solo admirarlos incluso, respetando el aire y el pasto que crece. La libertad es la necesidad comprendida, dice Siri que decía Georg, el filósofo, y yo siento que esa frase me ha liberado a mí de imponerme etiquetas y rastros. Ahora necesito conservar una atalaya en la que poder borrar todo lo que he construido en torno a mi centro en soledad. Voy a la búsqueda de algo que se va definiendo a medida que me acerco, pero aún es solo una mancha oscura. Pero me quedo aquí, en este momento —la felicidad está exenta de futuro—, y siento aún la cercanía de S y su sostén. Después tomo un autobús al otro lado de la frontera y ya no pienso más en él hasta que veo el mar:

el bosque acapara toda mi atención. Saco doscientas fotos movidas de los naranjas los rojos los violetas —la salvia y la sangre— de las montañas cubiertas de niebla y los abetos de los troncos huecos que se alzan por encima de los brotes verdes. Hay un latido. Aprendo a sentirlo reverberar con su lenguaje secreto.

La frontera entre Chile y Argentina la mide el color del cielo: de pronto se hace muy azul y he sabido que entrábamos por fin en tierra chilena. Así de azarosas son las fronteras: un árbol caído o la visión de un volcán en la lejanía marcan el cambio. También las casas. Chile de pronto es chapa y aserradero y óxido de hierro todavía húmedo de otoño. Sueño con oír la lluvia otra vez bajo un techo de zinc algún día, quizá cerca de aquí, en alguna casa con la hornalla encendida y las luces en penumbra.

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