Día 7. La experiencia

Antes de escribir nada, voy a hacerme consciente de lo que me rodea: este escritorio de madera de pronto entornado frente a la ventana, el lago atardecido, el completo silencio, Santi y Malvi corriendo sobre el pasto fresco de camino a la playa, el mate bien caliente a mi lado y este cuaderno que se ha vuelto virtual porque así es más veloz y más liviano y el corazón me late más rápido que cuando escribo en papel. Vivimos días felices. Esta mañana la familia corazón se marcha aún de noche y nosotros volvemos a la cama y dejamos que comience el día sin esperarlo. S me abraza a veces y  cierra la puerta cuando se marcha y me deja a solas. Le hablo de Índigo y de lo maravillada que estoy de que un libro comience una vida por separado de todas nosotras. Nos han dicho que se han enamorado de sus páginas, pero este libro no es nuestro hijo. Hemos sido el canal para que nazca, no sus madres. Pienso mucho acerca de si debería estar allí donde este libro existe y no cercada por las montañas patagónicas, pero este momento me lo he debido tanto tiempo. Preparo una torta de banano y me ofrezco la posibilidad de que en este instante no existan los otros países donde pasan cosas y solo haya esto: morder el hocico de Malvi y acariciarle la panza y comer y sentarnos uno junto a otro y no decirnos nada o escucharle hablar sin querer decir nada de mí, solo estar ahí para que el otro exista. Se puede estar satisfecha del presente. Es algo que voy aprendiendo de la vida.

Antes de irse, L nos recuerda que es importante vivir como creemos. Pienso en el día que dejé Madrid y en que estaba feliz de estar allí, que todavía no me pesaba, que esta vez no huí hacia otros lugares para olvidarme de todo. Pero me responsabilizo de que debo vivir como creo y que, ahora, este experimento me lleva hacia la experiencia, hacia los caminos secundarios que nunca recorro, hacia la afrenta con los miedos antiguos que he heredado de mis tatarabuelas, hacia cierta mística que me recuerda cada día que soy simplemente humana y que, como las islas, estoy unida a todo lo que existe por debajo de una invisible frontera de agua. No me interesa ninguna teoría más sobre el mundo, salvo de la que puedan hablarme las piedras y los ríos y los sonidos que nacen de la noche. Hay otra manera de experimentar la realidad y sus límites que no sea a través de la mente y del discurso. Sentir, quizá, en este cuerpo helado. Pero después, en la noche, S me dice que no encuentra esa frialdad en mí, esa violencia de la que le he hablado, esa lejanía. En él confirmo algo que sabía de algún otro. Aprendo la generosidad mirándole jugar con Oreo y con Malvi y no espero nada más que esto que podemos darnos: un largo domingo de entera compañía. Nos lo ofrecemos todo, salvo este refugio en el que estoy a solas conmigo. Pero sobre todo la ausencia de juicios y una honestidad que difumina el ego y que nos hace iguales e imperfectos y nos llena de amor. Esa es la entrega más grande.

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