Día 5. Las rarezas

Cuando cae la noche algunos árboles se vuelven azules. Desde el cerro Campanario vemos cómo se van desdibujando los colores o con la sombra van intensificándose más los tonos de los mundos oscuros. También hay humos que nacen de los bosques que miramos desde las alturas. Cuando estamos abajo somos parte del misterio que sostienen. En cambio, desde arriba, somos otra cosa: el bosque es una masa de algodón teñido en ocres, verdes, azules, grises, amarillos, incluso del negro que no acepta luz alguna, y nosotros solamente ojos abiertos que lo miran. Desconocemos sus entrañas: sabemos que el bosque cerca los lagos, pero nada más. Reconocemos solo formas.

Este ejercicio de escritura me lleva una vez tras otra a las mismas ideas. Quizá esto es un perfeccionamiento: ahora, cada vez que miro el bosque, veo menos. Advierto que es mucho más de lo que podría comprender. Empiezan a surgir caminos secundarios para mis obsesiones personales. El trabajo diario es el de ir despertando muy de a poco a la serpiente que me lleva en su lomo hacia las profundidades de las cosas. Energía oscura, mar de escorpio, un encuentro rizomático con lo que aún se desconoce.

Hay una impronta como de invierno en el paisaje. Desde adentro de la casa miramos afuera y son los cuerpos quienes se ocupan de mantener el calor que falta. Por la noche, cenamos frente al fuego a solas. En algunas manos ya hay una suavidad que se extiende a todo lo que tocan. Cuando miro algo muy de cerca pierdo la capacidad panorámica y los detalles toman mi cuerpo. Por ejemplo: cuando escucho el leve tartamudeo que precede a las palabras con «pe», me excito. A raíz de ahí, investigo el placer que me producen las manchas, las cicatrices, los tics, las máculas y las rarezas: huellas genuinas que nadie puede esconder tras sus máscaras. Mi rareza estos meses atrás fue haber perdido el hilo breve que me unía a mi deseo. La impronta del invierno también en la carne: durante el deshielo se tramitan las nuevas pieles que usamos con las personas que llegan. En ellas también habrá imperfecciones. Las repudiaremos hasta que alguien tal vez las ame.

Hoy solo presto atención a la lentitud del tiempo. Permito el vacío de la palabra entre todos nosotros. Practico la calma también en el tacto para que la carne y su movimiento vayan despertándose de a poco. Un temblor es siempre el indicio de algo que viene.

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