Día 4. La identidad

Releo lo que escribo y sé que jamás podrá representar la realidad que veo y vivo, tan compleja y cambiante como el rastro que deja la luz sobre las cosas: en realidad no deja huella, incluso aunque haya creado formas y realidades al filtrarse entre las persianas, el encaje de las cortinas color hueso, al posarse sobre la piel y dibujarla a rayas cuando dormimos o entre las hojas de los árboles meciéndose en la brisa. La belleza efímera de la luz despierta en mí el deseo de aceptar por fin que al instante asistimos una sola vez y que todo lo que ocurre después —la retrospectiva, la memoria, la creación— pertenecen al pasado o al futuro, pero ya nunca más al presente. Estoy pensando mucho en cómo desligarme de ese ansia de futuro en el que vivo siempre. Mientras tanto, me hacen bien la honestidad, el compartir desde la sencillez el cuerpo, el no planificar nada, ni siquiera necesitar ver más paisajes más caras más voces más horizontes que no sean este que miro ahora. Esperanza. Hay procesos que necesitaba comenzar pero que no podía abrir yo sola. Había una maleza frente a mí que me ocultaba el camino.

Siempre hubo un juicio de valor constante. Conmigo misma, primero, pero también con los otros. Clasificamos el mundo en lo que nos gusta, no nos gusta, nos da placer, nos incomoda, lo que queremos ser. Al mismo tiempo, escondemos lo que somos para que nadie se dé cuenta de lo imperfectas que resultamos a nuestros propios ojos. He aprendido a vivir mirando hacia dentro y hacia fuera, como si pudiera ver mi cuerpo, mis gestos, mi existencia como parte del mismo escenario donde actúo o donde cobro conciencia. Como si nos hubiera filmado existir y de pronto me encontrase con este cuerpo desconocido en una pantalla invisible. El número de perspectivas desde las que puedo observar lo que acontece es inagotable, pero con cada adición voy construyendo una capa más sobre mi centro, allí donde simplemente soy lo que soy. Sin aderezos, maquillajes, grandes palabras. También con la oscuridad, la urgencia de esconderme y no ver a nadie o la risa y la levedad o con la desnudez o el abrigo.

Me obsesiona saber en qué consiste la identidad o cómo podríamos hacer para matarla y abrir por fin la roca en cuyo interior está lo que no puede ser nombrado.

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