Día 3. El agua

Toco el agua del Nahuel Huapi con las manos y se despierta la memoria de haber pertenecido un día a una tierra de lagos. Este horizonte lleno de montañas me apacigua como no lo logran lo horizontes planos de los mares y océanos. En otro lugar y otro momento Gabi nos cuenta que cuando alguien nuevo llega a tierra mapuche debe bañarse en sus aguas. Conocer sus mares, lagos, ríos, su Pacífico y su Tierra de Fuego es conocerlos a ellos. Para conocer el sur, hay que observar el tiempo tan durable. Su calidad es distinta al del tiempo de las ciudades: se extiende como una lejanía. Las chicas cocinan el pan y los zapallos, el choclo y los hongos que cosecharon en los bosques y secamos una noche entera sobre el calor del hogar. Para conocernos entre nosotros probamos los sabores que salen de nuestras manos, intercambiamos las especias, las recetas, los postres. También se comparte la música: Lucho y Gabi hacen crecer Aguacero entre las diez cuerdas del charango y las semillas. Se prende un fuego y nos trenzamos el cabello desde la raíz, como las madres. En la roca negra al atardecer vemos cómo la forma de la montaña va oscureciéndose y dejando solo la silueta de lo que han sido a la noche. Malvina explora la roca vertical buscando tesoros. No piensa, solo juega, dice Santi. Todos nosotros jugamos. Hemos dejado ese pensar demasiado en algún lugar del bosque porque para solo esta aquí y compartir la noche que se viene no nos hace falta.

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