Día 14. El incendio

La isla de niebla durante la noche se convierte en una ofrenda. Justo antes del amanecer escucho ruido de pasos afuera. Algo sucede. La gente susurra nerviosa. Descorro la cortina. La casa de enfrente es una bola de fuego inconmensurable, un rastro de humo negro que inunda el cielo. Salgo afuera y siento de inmediato su calor ianguantable en la oscuridad de la noche. Y no puedo moverme de ahí aunque queme, no puedo correr ni hablar, no puedo decir: avisen a los vecinos, llamen a los bomberos, no puedo vestirme y marcharme, no puedo huir del desastre, solo puedo quedarme quieta, frente a ese magnánimo fuego que destruye con su lamida ácida la casa roja y negra hasta convertirla en ascuas. Lo terrible y lo sublime se confunden como cuando una mantis arranca con sus dientes la cabeza de su amante mientras copulan, como el no poder apartar la vista de la muerte, como el huracán sobre el ríomar que nos dejó paralizados observándolo. Cuánta fascinación en lo que aniquila y destruye, cuánta belleza en la violencia errática del fuego. Escuchamos las voces, el ladrar de perros, la sirena, pero ningún sonido puede igualar a ese crepitar lento como un último baile.

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