Día 13. Encontrar algo

Últimamente me fijo mucho en las manos y en lo que dicen: las de Mathieu, de carpintero, de hombre de campo, que por las noches prepara la cena con una prolijidad que no le encaja a sus manos grandes, rudas. Tambien recuerdo las de Chivi: manos nudos como ramas cuyos frutos son delicados y perfectos. Hoy hace un día muy azul y el agua de las bahías está cubierta de nubes. Con Mathieu he recorrido la orilla. Los pescadores arreglan sus barcos y nada huele a nada, ni siquiera a peces, algas, conchas, siglos. Les pregunto por la casa azul que llevo fotografiada en un libro que estuvo esperándome muchos años y que parece un espejismo rodeado de verde. Alguien dice sí, la recuerdo, al final de Pedro Montt. Otro alguien: allí vivían las chicas, picante. Otro alguien: no, nunca la vi, ¿estai segura de que de que es acá? Caminamos al costado de los palafitos de colores mirando entre las brechas que dejan las casas entre medias y pienso que con esto ya basta: con emprender la aventura. Aunque no encontremos. Aunque lo que andamos buscando se haya hundido y ya no esté. Aunque descubramos que era algo distinto a lo esperado y nos inunde la tristeza. Por eso vamos buscando el azul de las paredes, oliéndolo casi. Vamos buscando una valla en madera, una textura concreta en la vegetación que nos circunda, un número, una pista. Los perros vienen a nuestro costado como sabiendo que ocurre en verdad algo, y en un momento se paran y todos miramos enfrente y la vemos.

Ahí está: los tejados a dos aguas, los visillos de encaje, los chiches decorando las ventanas viejas y un montón de pequeños cambios: el color azul deslavado, como si ya no fuera la misma que fue hace cuatro o cinco años, la cuerda con la ropa tendida, la niña en la ventana oyéndome gritar ¿hola? ¿hay alguien aquí? la valla que ya no es de madera sino roja y oxidada y la vegetación que, como toda naturaleza, es lo que perdura por más tiempo. De adentro de la casa sale un hombre y yo alzo el libro mientras llega hasta mí: una biblia. Trae consigo la seriedad del que desconfía. Le cuento que un viajero pasó por allí hace varios años y que tomó una foto a su casa y que esa foto está ahora en los salones y las mesitas de luz de muchas personas que la miran a veces, cuando la vida la ciudad la gente les pesan demasiado, y sueñan con irse a vivir allí, a esas cuatro paredes y media de chapa engarzadas en una maraña de árboles brillantes. Le enseño la foto y me mira y no sabe qué decir. Le digo: lea, y él lee y sonríe un poco y me dice que no le gusta que diga que la casa es tambaleante. Y miro la casa, más vieja que nunca, más deslucida, más emborronada sobre el verde, y lo miro a él encontrando entre entre esas doce líneas de pura belleza la única que parece reprobable, y me inunda una ternura: lo he encontrado: cuando me inunda una urgencia de abrazar a un otro aún desconocido y decirle que todo todo todo en la vida está ya bien.

Antes de marcharme, un niño se asoma y nos mira. Cuando L pasó por aquí, él todavía era una idea que flotaba en algún lugar del universo. El pasto estaba más verde y las paredes más azules y seguramente la isla también fuera distinta a lo que es hoy. En este tiempo la casa se ha convertido en el hogar de otra gente, pero también en otras cosas inesperadas: en el deseo de alguien de irse a vivir al bosque, en parte de un libro salvaje que termina con una escalera hacia el verdor, y tambien en el mapa de una búsqueda, la mía, que no es otra cosa que una excusa tal vez para poder llamar a la puerta de una casa y adentrarme en lo que esconde en su interior.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.