Día 1. El bosque

Ayer una tormenta arrasó mi psiquis y después se disolvió y en su lugar quedó una paz llena de trazas, otra vez la inconciencia de mi cuerpo, la invisibilidad ante mí misma y los ojos hacia afuera. Solo caminar me salva de ese estado en el que no puedo existir más en el mundo sin dolerme. Sé que el sur significa la búsqueda del silencio, la mímesis con un paisaje cuyas formas y colores lo ocupan todo y en el que yo desaparezco. Recorremos el camino hasta el lago en auto y, por la ventana, una primera visión de los álamos, los alerces, los pinos. Comprendo que mi deseo es trascender el ego, el nombre, el cuerpo, este ser-en-marina que soy: omnipotencia del bosque o no ser ya más esta figura mía y mezclarme con todo aquello que veo. Ser el arrayán y a la vez la tundra, ser el puma y a la vez el agua, quedar unida al pico amoroso —así lo nombro, porque lo amo— y a un tiempo ser la oscuridad y el sol y el viento que traspasa y no traspasa las cumbres de los árboles. Había anhelado mucho y por fin me hago cargo de que quien amaba la naturaleza era yo misma. Pero entre medias, las muertes.

Para llegar acá hemos recorrido tres cuartas partes de cielo, una de tierra, media de agua verdiazul bajo los cielos blancos a punto de ser noche. Atravesamos los desiertos, el manto oscuro y verde claro, una carretera recta y olvidada llena de fósiles antiguos y, de fondo, aparece esa enorme pared andina nevada y rocosa que vamos buscando. La montaña, presencia extática: ha visto los orígenes de este mundo pero somos nosotros quienes las observamos como dándoles la vida. Somos instantes pasajeros para ellas. De nuevo prefiero observarlas a recorrerlas, me gusta entrar en ellas por caminos sinuosos pero no tratar de alcanzar ninguna cima, quedar frente a frente como los amantes que no llegan a tocarse nunca y que permanecen siempre intactos el uno para el otro.

Escribo y sé que no puedo decir toda la emoción, que no puedo alcanzar con la palabra la totalidad, que esta elección de sustantivos será siempre parcial y azarosa. Miro mis manos y la piel que se seca y se arruga con los fríos sur. ¿Aceptaré lo imperfecto de la piel y de la palabra alguna vez? No escribo sobre el mate tibio, sobre quienes me acompañan, no escribo sobre las olas que se despertaron temprano en el Nahuel Huapi esta mañana, sobre las semillas salteadas y las ramas cargadas de frutos rojos: todo aquello es la vida. Solo escribo sobre la tormenta atravesándome, sobre la luna en capricornio, sobre la dulzura de un fuego que lentamente llega. Hoy he visto arder uno de los picos al atardecer: la nieve reflejaba el sol rojo poniéndose al otro lado de algo. Nadie más lo vio y yo no se lo dije a nadie: también aprendo a dejar que el detalle se diluya simplemente. El mayor misterio será siempre lo  que sucede en el interior de un bosque cuando ningún ser humano lo presencia.

Tengo mucho que sanar en este viaje. Me pido la calma del arrayán en alcanzar el cielo.

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