Autobiografía.

La autobiografía miente: los hechos de la realidad, en la memoria, se tergiversan, se mezclan, se exaltan y se reordenan para dar cuenta de que el pasado fue algo lineal. Después de terminar el colegio empecé un viaje y después la universidad y después otro viaje y así hasta que llegamos al presente y nos quedamos callados porque sentimos que esa no es en realidad nuestra historia. Porque nuestra historia no fue lineal. No hubo un salto y de pronto había terminado la universidad. Entre medias me enamoré, leí extraños libros sobre estepas de hielo, cambió mi cuerpo y mi voz, aprendí a conducir, cambié tres veces de ciudad, caminé con pies descalzos los pueblos de la cordillera. Todas esas ramificaciones de experiencia parecen ínfimas, simples detalles que dan color a la historia pero ya no lo veo así: como pequeños ladrillos, son estas anécdotas, avances y retrocesos los que terminaron (continúan) construyendo quién soy.

Nuestra historia es como un árbol cuyas raíces y cuyas ramas son frondosas y se extienden en todas direcciones. Nuestra mirada alcanza a ver las ramas más altas, pero las raíces, en cambio, quedan ocultas bajo la tierra: también hay hechos que no contamos, también hay secretos incluso para nosotros mismos.

Esta es la historia que invento.

Una casa en el valle.

Un libro de griego que dibujé con mapas del futuro (entonces solo existía Europa, quería conocer lo que estaba al otro lado de mi frontera invisible).

Un viaje (el detalle: alimentarse de libertad, probarla por primera vez, como se siente la libertad cuando se monta a caballo o se desciende una calle en bicicleta a mucha velocidad, con sensación de riesgo).

Los almendros en la universidad y un año de nieve y luz oblicua. Hacerse a la noche.

Nacer como palabra: inventé un cuaderno que vino conmigo y que ardió en un incendio.

Después la vida y el amor y la vida y la montaña y el sonido de los pies vacíos sobre la roca en el barrio Gótico de noche. Con Barcelona hubo mucho pasado.

Pero antes de eso: conocer el verdadero color de las cosas. Acompañar a las tortugas en su nado hacia las profundidades del Mar de China. También descubrir la piel. La arrogancia de la soledad: creer que me soy suficiente a mí misma. Un libro que no terminé porque dolía.

Hago esto porque amo escribir, no sé si lo he dicho ya: que me duele escribir. Todavía intento entender por qué lo hago.

Una tarde cogí un avión y A cogió un avión conmigo y yo con ella y llegamos en sandalias a la fría Bogotá. Recorrimos la cordillera de norte a sur y después conocimos la selva. Dejé una parte de mí en los volcanes del centro del mundo. Soy incendiaria. Fui y regresé. Fui y regresé dos, tres, cuatro veces y lo seguiré haciendo o eso creo. Me gustan más los verbos (la acción) que los adjetivos (las etiquetas): no soy viajera, solo viajo. No soy escritora, solo escribo. O no lo sé. Todavía dudo mucho de las cosas y me gusta: estrategias del deseo para mantenerse vivo.

He hablado mucho del regreso y me he cansado. También hablo mucho de viajar y creo que algún día podré, por fin, no saber nada: saber que no sé nada, en realidad, de lo que significa todo esto que hago.

Ahora escribo con el murmullo de los pájaros afuera. Ha llegado el verano a Madrid (así permanece la palabra: este instante sostenido para siempre).

A veces, también, es mejor no decir. La memoria también puede olvidarse de narrar su propia historia. Entonces tal vez inventa otras vidas. La curiosidad de lo que no es le puede y entonces lo inventa.

Este cuaderno, esta autobiografía, es un poco eso: un experimento.

O un zumo de limón.

O un mapa.

O un árbol que se llena de hojas de a poco (la primavera invertida).

Pero sobre todo es una mirada.

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